Entrevista con Ángel González García

16 de Abril de 2008

Esta entrevista, realizada al profesor Ángel González García, apareció el pasado 5 de abril en El País. Llevo dándole vueltas durante varios días a algunas de las cosas que comenta en ella. No estoy de acuerdo con todo lo que dice: no comprendo por qué asocia la esperanza a las discotecas, a no ser que lo único que pretenda con tal asociación sea fastidiar a ese sector mamarrachoburgués e histérico de devotos incondicionales de Adorno que pueblan el mundillo artístico). Le invito a que visite una discoteca de extrarradio; verá cómo cambia rápidamente su percepción de estos templos del sonido.

Sin embargo, celebro que diga lo que casi todo el mundo siente pero no se atreve a decir: el arte, en la mayoría de los casos, se ha convertido en una payasada monumental.

Ahora mismo estoy leyendo, de este mismo señor, El resto: una historia invisible del arte contemporáneo. Trabajo me ha costado encontrarlo, pues a pesar de merecer el Premio Nacional de Ensayo del año 2001, está sólo disponible en una edición del MNCARS: por lo menos es la única que yo he visto. Hay un maravilloso artículo ahí a propósito del Cuadrado negro sobre fondo blanco, de Malevich.

Ya sabéis: la próxima vez que piséis el Guggenheim, reíd, reíd con ganas. Es lo más moderno que se puede hacer. Aunque me resisto a ello, hago un cortaypega, porque lo quiero almacenar aquí…

 

FIETTA JARQUE 05/04/2008

Una recopilación de textos del historiador del arte Ángel González propone lecturas y puntos de vista inusuales sobre la práctica artística. Pintar sin tener ni idea reclama una experiencia corporal con la creación, las sensaciones de estar físicamente en el mundo

Pintar sin tener ni idea parece un título heterodoxo para un crítico e historiador del arte. Pero encaja perfectamente con la postura de Ángel González (Burgos, 1948), un pensador ecuánime y apasionado a partes iguales, lúcido y polémico. Un amante del arte en estado puro que no da demasiada importancia a las derivas actuales de una industria y un sistema que le parecen inútiles. Pintar sin tener ni idea (Lampreave y Millán) es una recopilación de textos escritos por él para conferencias o presentaciones de catálogos de exposiciones. Pese a su diversidad es posible seguir a través del conjunto varios hilos conductores que señalan por dónde van las ideas e intereses del autor. El ensayo que da título al libro se refiere a "la otra orilla de la vanguardia", como dice él, al arte creado por locos y presidiarios. Una creación que responde a un impulso ingobernable, desinteresado y fuera del sistema. El territorio por el que este profesor de historia del arte contemporáneo en la Universidad Complutense y Premio Nacional de Literatura en 2001 por su ensayo El resto transita sin ceñirse a reglas establecidas.

PREGUNTA. Una persona aislada que siente el impulso irreprimible de crear formas con las manos, ¿está haciendo arte?

RESPUESTA. En el libro hablo al menos de un par de ocasiones de ese maravilloso espectáculo que constituyen las sobremesas que se prolongan entre amigos. Cuando involuntariamente la gente empieza a manipular los restos de la comida. Las mondas de las naranjas, las migas de pan, los corchos, los alambres de las botellas de champán. Parece que la cualidad principal del ser humano es no poder tener las manos quietas. Ese irrefrenable deseo de dar forma a las cosas. Dalí publicó en los años sesenta un artículo en la revista Minotaure, que tituló Esculturas involuntarias, donde se ven billetes de metro retorcidos, trozos de jabón, figuritas de migas de pan. ¿Que esto sea de orden artístico?, no lo sé. No pretendo reivindicar lo que hacen estos presuntos artistas indoctos, lo mío es una reivindicación apasionada y hasta cierto punto insistente y violenta de la laboriosidad. Del hacer. Y del hacer manual sobre todo.

P. El homo faber.

R. La portada del libro reproduce un detalle de un maravilloso vestido de novia que una loca francesa fabricó a espaldas de sus guardianes con todo tipo de trozos de telas, hilos y trapos que encontró. Siempre me ha parecido una cosa conmovedora y emocionante. Es algo orgánico, que parecen nidos de pájaro. En el segundo de los ensayos, titulado Evidentemente, que está dedicado a los artistas videntes, pienso en estas mujeres que tejen. El trabajo del tejer. Es muy significativo que la segunda acepción de la palabra "labor", en el María Moliner, sea la de las labores femeninas, que para mí constituye el paradigma de la laboriosidad. Entre otras cosas por lo que tienen de vehículo alucinatorio, puesto que estas tareas repetitivas, monótonas, producen estados de alteración de la conciencia. Es un tema del que hablo con frecuencia, el del arte asociado a los estados alterados de la mente.

P. ¿Como punto de partida?

R. No tengo duda de que el arte en su origen fue algo asociado a la alucinación, a estados de trance. Todo esto en el arte profesional se ha olvidado, solapado, quedado oculto por muchas cosas: el sistema de aprendizaje del oficio, la ideología, las estrategias de toda índole que mediatizan el trabajo artístico. Dicho sin malicia. Y solamente en estos artistas indoctos encuentro este estado original de trance.

P. Usted escribe: "Las ideas sobran en pintura, siempre han sobrado".

R. Cuando digo Pintar sin tener ni idea lo tomo también en una segunda acepción, que toco en varios ensayos. Y es que creo que se debe pintar sin ideas. Las ideas estropean la pintura. Ideas y pintura no se llevan bien y, si lo hacen, se producen cosas abyectas o siniestras. Porque al final los pintores de ideas suelen pintar las ideas de los que mandan. Y es que la pintura se ocupa de nuestras sensaciones físicas, corporales. Para expresar ideas tenemos otros medios, uno extraordinario es la filosofía. El arte recrea las sensaciones de estar físicamente en el mundo. Es algo de orden fisiológico.

P. Lo de expresar sensaciones se ve quizá más claramente en la pintura abstracta.

R. Creo que la pintura abstracta ha tendido más hacia lo espiritual y lo ideal. De hecho, las circunstancias en que surge la pintura abstracta en Europa son inequívocas: aparece en un contexto espiritualista. El Museo Guggenheim de Nueva York, que fue el gran templo de la pintura abstracta, fue fundado y financiado con el fin de sostener, defender y demostrar la espiritualidad del arte. Aquello tiene más de iglesia que de cualquier otra cosa. Y aquí nos encontramos con otro problema: el arte y la religión no tienen nada que ver. No es que no deban tener nada que ver o que a mí me lo parezca, es que así es.

P. Pero parte de la pintura occidental nació bajo la protección de la Iglesia.

R. Sí, pero el arte que pasa por religioso no parece que satisfaga los intereses de la religión. Si piensas un poco en ello, las grandes obras de arte religioso no son nada eficaces. No se sabe de ningún buen cuadro que haya producido milagros, por ejemplo. Los milagros están asociados a imágenes horrendas. Las vírgenes de Rafael nunca han devuelto la vista a los ciegos ni han hecho andar a los cojos. ¿Ha visto alguna vez a alguien arrodillado ante un cuadro en un museo? E incluso en las iglesias, no son los mejores cuadros los que más atraen la atención de los fieles, sino los más tenebrosos en oscuras capillas. Las vírgenes más feas y los cristos más sangrientos y retorcidos.

P. Se refiere en uno de sus textos a "ese engendro llamado Historia del Arte". ¿En qué sentido lo dice?

R. Quizá lo he dicho en un sentido más inocente o candoroso de lo que parece. Creo que el arte trasciende, afortunadamente, la historia. El arte nos permite sustraernos a la historia. Sánchez Ferlosio ha dicho siempre que la historia no es más que el escenario de todos los crímenes. En esa medida, pienso que la experiencia artística es ahistórica, transhistórica. Seguramente, los hombres que tuvieron las primeras sensaciones artísticas eran iguales a nosotros. Salvo para los que están empeñados en decir que el arte tiene que ser hijo de su tiempo y que esa filiación es una cualidad. Eso no es una cualidad, es una fatalidad.

P. Hace años que se retiró de la crítica de arte en los medios de comunicación. ¿Por qué?

R. Es algo que implica muchas obligaciones, hay que trabajar con poco tiempo, a veces, en cosas que no te apetecen demasiado. Terminó por parecerme algo deprimente. Lo que acaba resultando más fácil es terminar metiéndote con la gente, es más fácil hablar mal de alguien que hablar bien.

P. ¿Pero tiene la crítica de arte hoy algún papel relevante?

R. Hay que tener en cuenta que la crítica de arte aparece en Francia en el siglo XVIII con la pretensión de proteger al público de los artistas. Críticos como el propio Diderot decían que había que bajarle los humos a los artistas, que se creían los árbitros definitivos en materia de arte, y que el público también tenía derecho a opinar. Con el tiempo, los críticos tuvieron que terminar defendiendo a los artistas. Ahora no sé muy bien qué es lo que hacen. En un momento determinado me decepcioné de esta especie de pasión por opinar constantemente sobre todo.

P. ¿Qué impresión le produce la asistencia masiva a las grandes exposiciones?

R. No lo sé, no voy mucho a museos, la verdad. Voy menos que a parques temáticos. Pero es curioso ver que el gran asunto de los parques temáticos es la historia. La historia pasada se ha constituido en el gran entretenimiento popular de nuestro tiempo: los egipcios, los mayas… Es lo que sucede con el cine y las novelas históricas. Yo no voy a museos, y no voy porque el arte está escrito en nuestro cuerpo. Donde más aprendo de arte es en el campo, viendo los árboles, el mar, los pájaros volando. Si el arte es algo es reencarnación, reorganización de esas experiencias del mundo. Un constante y sabroso contacto con la luz, con el agua.

P. ¿Los artistas han perdido ese contacto?

R. El problema de los artistas es que se han embarcado en ese disparate de hacer arte, de vivir de eso. Pobrecillos, es algo que no recomendaría a nadie. El último de los ensayos incluidos en el libro atañe a lo que digo de los museos. Intento explicar que lo que más me gusta del Museo del Prado -y en eso coincido con Tita Thyssen, aunque el artículo es anterior al encantador encadenamiento de la baronesa- son los árboles. En él no hago más que darle la razón a Paul Valéry, quien decía que, dentro del museo, uno recuerda el buen tiempo que hace fuera. Si digo eso de un gran museo como es el Prado, qué podría decirte de estos museos improvisados hechos a golpe de talonario que han proliferado los últimos años en España. Hay algo que me preocupa mucho en todo esto y es que el dinero de los contribuyentes se esté gastando a menudo con esta alegría y sin preguntar siquiera. Los millones que se han gastado en el Musac de León han salido de nuestro bolsillo.

P. ¿Cómo es que usted se indigna tanto por esto como una persona de la calle que no tiene mayor conocimiento del arte contemporáneo?

R. La gente de la calle está verdaderamente derrotada. Han sido silenciados porque les han inculcado que reírse de ciertas cosas modernas es un delito. De que hay una obligación, un imperativo moral, político, social, de ser una persona de su tiempo. ¿Por qué ha de gustarle a uno el arte de su tiempo, caiga quien caiga? La gente sencilla, a quien estaba destinado el arte -porque el arte si es algo es la casa de los pobres-, ha sido anulada. Ya no se oyen risas en las exposiciones.

 

P. Como ante la Olympia de Manet.

R. Sí. Como decía Bataille: "Se rieron con una risa inmensa". El libro contiene un extenso ensayo sobre Manet, en el que yo sostengo que la gente se reía de la Olympia porque Manet era un caricaturista. Era lo que Manet pretendía, que la gente se riera. Las últimas risas que escuché en una exposición fue en una de Bruce Nauman en el Reina Sofía, donde había un vídeo que recoge las desventuras de un payaso en un cuarto de baño. ¡El celador mandó callar a una pareja que se estaba riendo de algo evidentemente cómico! El arte se ha convertido en una payasada monumental. Una payasada a la que no deberíamos contribuir. No sé si deberíamos plantear una especie de huelga contra los museos contemporáneos, o contra los museos en general. ¿Por qué no? No tienen que ver con el arte sino con la industria de las imágenes. Es una pena que el arte, que fue concebido para hacer más grata la estancia del hombre sobre la tierra, se haya convertido en algo que es una fuente de obsesiones, de preocupaciones, manías. Y luego están todos esos artistas que se dedican a agobiarnos. Montones de artistas que se dedican a denunciar la triste situación de los pobres. ¿Pero eso a quién va dirigido, a los ricos o a los pobres? Los pobres ya lo saben, no tiene que venir un Santiago Sierra a explicárselo. El arte se ha convertido en una forma de dar caña. Como si no tuviéramos ya suficiente. Nos dan caña en el trabajo, en el museo, en casa. ¿Y dónde pasamos un buen rato? Yo siempre digo, en la discoteca. Yo les digo a mis estudiantes, mientras haya discotecas hay esperanza.

F.G. Jünger, los mitos y el mar

1 de Diciembre de 2007

Me encuentro inmerso en la lectura de “Mitos griegos”, un libro de Friedrich Georg Jünger, el hermano de Ernst, que fue editado en España el año pasado por la editorial Herder. Surcando sus páginas alcancé un pasaje realmente especial, por su extraordinaria fuerza evocadora (al menos por lo que a su humilde servidor respecta). Es precisamente eso lo que hace de ese libro algo interesante; los mitos no se presentan como reliquias del pasado, como equivalencias despojadas de poder fascinador y ambiguo (Apolo=sol, Marte=guerra) y petrificadas por el proceso alegórico. No; los mitos aquí son algo vivo, real, palpitante, pletórico de belleza y terror a partes iguales.

El pasaje está dentro del fragmento que hace referencia a dos titanes, Océano y Tetis. Océano está vinculado, como otros titanes, con los fenómenos elementales. Se relaciona con las aguas, con la corriente universal que envuelve la tierra, con un rumor fluido y pacífico –Océano es el único que no interviene en la lucha entre Crono y Urano- pero también persistente. Siempre es igual a sí mismo y, también como los otros titanes, es presa de un “eterno retorno” (hay un inconfundible eco nietzscheano en la prosa de Jünger). Tetis es su esposa, madre de las oceánides y divinidades del agua.

 

Pero es cuando habla de Poseidón cuando aparece este pasaje, abismado en la contemplación de las formas marinas:

 “El reino de Poseidón está mejor ordenado que el de Océano. Es más suntuoso y armonioso. La corriente universal que fluye poderosamente lo encierra con un cinturón, lo encierra como centro a partir del cual la entera naturaleza marítima adquiere su forma (…) Todo lo que procede del mar muestra un parentesco, tiene algo en común que no oculta su origen. Los delfines, las nereidas, los tritones, todos emergen del medio húmedo y su complexión muestra el poder del elemento del que proceden. Las escamas, las aletas, las colas de pez únicamente se forman en el agua y, por el modo en que se mueven, están en correspondencia con la resistencia de las corrientes. Algo parecido muestran las conchas y las caracolas en sus formas planas, en sus circunvoluciones y curvaturas. Determinadas criaturas marinas poseen una estructura estrictamente simétrica a partir de la cual configuran formas estrelladas y radiales, imágenes en las que también el agua interactúa con su fuerza moldeadora, radial y estrellada. Otras, como las medusas, son transparentes, su cuerpo entero está bañado en luz y avivado por exquisitos tornasoles. A todo lo nacido en el agua le es propio un esmalte, un color y un brillo que sólo el agua puede conferir. Es iridiscente, fluorescente, opalino y fosforescente. La luz que penetra a través del agua se deposita sobre un fondo sólido que refleja las delicadas refracciones y los destellos de la luz. Este tipo de brillo se observa en el nácar y aún más en la perla misma. Al mar no le faltan joyas, es más, todas las alhajas están en relación con el agua, poseen también una naturaleza acuática que les confiere un poder lumínico. En él los colores son más bien fríos y aún así resplandecientes, y se reflejan los unos en los otros. Prevalecen el verde y el azul, oscuros y claros a través de todos los matices. Al agitarse, las aguas se tornan negras y arrojan una espuma color de plata. También allí donde asoma el rojo, o el amarillo en estado puro, el agua participa de su formación.

 

Al que contempla estas formas admirables y a primera vista, a menudo, tan extrañas, le recuerdan ante todo los juegos de las nereidas. Son los juegos que ellas juegan en las aguas cristalinas, en sus cuevas verdes. Al nadador, al bañista le vienen a la mente estos juegos y lo serenan. La fertilidad del mar oculta un tesoro de serenidad; por mucho que se extraiga de él, siempre permanecerá inagotable. Quien descienda a las profundidades, sentirá el cariño con el que el mar se apodera del cuerpo y lo penetra, sentirá los abrazos que reparte. De la caracola en forma de espiral hasta el cuerpo blanco y níveo de Leucótea, de la que se enamoró el tosco Polifemo cuando la miraba jugar con la espuma de la orilla, todo sigue en él la misma ley. También Afrodita Afrogeneia emergió del mar; su belleza y su encanto son un obsequio del mar.

Del ámbito de Poseidón, del reino de Poseidón depende todo esto. Todo lo que se halla bajo la tutela del tridente tiene algo en común y muestra un parentesco inconfundible, Fluye, se mueve, es luminoso, transparente, cede a la presión y ejerce presión. Se eleva y se hunde rítmicamente, y en su formación revela el ritmo que lo impregna.”

 
¡Cuántas imágenes ha conjurado este texto en mi imaginación! Recuerdo aquel verano en la Costa Brava, hace ya muchos años, en el que me dediqué casi exclusivamente a recoger erizos de mar entre las rocas; era como una obsesión. Trataba de encontrar algo reconocible entre ese bosquecillo de púas, hasta que finalmente pasaba el dedo por él… y las púas respondían con un parsimonioso movimiento, todas hacia un mismo punto. Probablemente estuve haciendo eso durante horas y horas; alrededor había también estrellas y caballitos de mar, organismos que en su singularidad no pueden más que asombrar a los niños.

 
Por supuesto, recuerdo también el brillo de los corales y las procesiones de destellos plateados, y recuerdo también su nuca, cuando nadamos juntos aquella noche, hace ahora algo más de un año… el agua acariciaba nuestros cuerpos pero también infundía un terror primordial; era, de nuevo, una danza de sexo y muerte. Hubo otras muchas noches antes en que fuimos mecidos por ese rumor… todas iguales y diferentes a un tiempo.

Ah, me vienen tantas imágenes a la cabeza…  

Clarisa y las huellas del tiempo

3 de Octubre de 2007

Las ciudades y el nombre. 4

Clarisa, ciudad gloriosa, tiene una historia atormentada. Varias veces decayó y volvió a florecer, tomando siempre a la primera Clarisa como modelo inigualable de todo esplendor, por comparación con el cual el estado presente de la ciudad no deja de provocar nuevos suspiros a cada giro de las estrellas.

En los siglos de degradación de la ciudad, vaciada por las pestes, disminuida por los derrumbes de viguerías y cornisas y por los desmoronamientos de tierra, oxidada y obstruida por incuria o ausencia de los encargados de conservarla, se repoblaba lentamente al emerger de sótanos y madrigueras hordas de sobrevivientes que bullían como ratones movidos por la pasión de hurgar y roer y también de juntar restos y remendar, como pájaros haciendo sus nidos. Se aferraban a todo lo que se podía quitar de un lugar para ponerlo en otro, a fin de darle un uso diferente: los cortinajes de brocado terminaban en sábanas; en las urnas cinerarias de mármol plantaban albahaca; las verjas de hierro forjado arrancadas de las ventanas de los gineceos servían para asar carne de gato sobre fuegos de madera taraceada. Armada con los pedazos heterogéneos de la Clarisa inservible, tomaba forma una Clarisa de la sobrevivencia, hecha de chabolas y cuchitriles, charcos infectos y conejeras. Y sin embargo del antiguo esplendor de Clarisa no se había perdido casi nada, todo estaba allí, sólo que dispuesto en un orden diferente aunque adecuado no menos que antes a las exigencias de sus habitantes.

A los tiempos de indigencia sucedían épocas más alegres: una Clarisa mariposa suntuosa brotaba de la Clarisa crisálida menesterosa; la nueva abundancia hacía rebosar la ciudad de materiales, edificios, objetos nuevos; otras gentes afluían del exterior; nada ni nadie tenía que ver con la Clarisa o las Clarisas de antes; y cuanto más se asentaba triunfalmente la nueva ciudad en el lugar y en el nombre de la primera Clarisa, más comprendía que se alejaba de ella, que la destruía con no menos rapidez que los ratones y el moho; no obstante el orgullo de los nuevos fastos, en el fondo de su corazón se sentía extraña, incongruente, usurpadora.

 
Y entonces los fragmentos del primer esplendor que se habían salvado adaptándose a tareas más oscuras, eran nuevamente desplazados, custodiados bajo campanas de cristal, encerrados en vitrinas, posados sobre cojines de terciopelo, y ya no porque pudieran servir todavía para algo sino porque a través de ellos se quería recomponer una ciudad de la cual ya nadie sabía nada.

Otros deterioros, otras exuberancias se han sucedido en Clarisa. Las poblaciones y las costumbres han cambiado varias veces; quedan el nombre, la ubicación y los objetos más difíciles de romper. Cada nueva Clarisa, compacta como un cuerpo viviente, con sus olores y su respiración exhibe como una joya lo que queda de las antiguas Clarisas fragmentarias y muertas. No se sabe cuándo los capiteles corintios estuvieron en lo alto de sus columnas; sólo se recuerda uno de ellos que durante muchos años sostuvo en un gallinero la cesta donde las gallinas ponían los huevos y de allí pasó al Museo de los Capiteles, alineado con los otros ejemplares de la colección. El orden de sucesión de las eras se ha perdido; es creencia difundida que hubo una primera Clarisa, pero no hay pruebas que lo demuestren; los capiteles podrían haber estado antes en los gallineros que en los templos, en las urnas de mármol podía haberse sembrado antes albahaca que huesos de difuntos. Con seguridad sólo esto se sabe: cierto número de objetos se desplaza en un espacio determinado, tan pronto sumergidos en una cantidad de objetos nuevos, tan pronto destruyéndose sin ser sustituidos; la norma es mezclarlos cada vez y hacer la prueba nuevamente de juntarlos. Tal vez Clarisa ha sido siempre un revoltijo de trastos desportillados, heteróclitos, en desuso.  

 

Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles. Editorial Siruela

 

Japrocksampler

6 de Septiembre de 2007

Julian Cope ha publicado al fin su esperado volumen acerca del rock japonés de los 60 y los 70, Japrocksampler. De Bach al rock japonés de los 70 y tiro porque me toca. Va a ser cosa de pedirlo en el Amazon de la pérfida albión porque parece bastante interesante; tiene pinta de ser algo más extenso y más “serio” que su anterior libro -aunque esto hablando del amigo Cope hay que matizarlo siempre-, el cual ya mencioné por aquí: Krautrocksampler. En su página ya han publicado lo que todo el mundo esperaba: Su selección de los 50 mejores discos de la época, que adjunto aquí por si a alguien, por alguna razón, pudiera interesarle (hay de todo en este mundo):

 

Flower Travellin’ Band – Satori
Speed, Glue & Shinki – Eve
Les Rallizes Denudes – Heavier Than a Death In The Family

Far East Family Band – Parallel World
J.A. Caesar – Kokkyou Junreika
Love Live Life + 1 – Love Will Make a Better You
Masahiko Satoh & Soundbreakers – Amalgamation
Geinoh Yamashirogumi – Osorezan
Takehisa Kosugi – Catch-Wave
J.A. Caesar – Jasumon
Far Out – Nihonjin
Les Rallizes Denudés – Baby Blind Has It’s Mothers Eyes
Tokyo Kid Brothers – Throw Away The Books, We’re Going Out In The Streets

Far East Family – Nipponjin
Speed, Glue & Shinki – Speed, Glue & Shinki
People – Ceremony – Buddha Meets Rock
Blues Creation – Demon & Eleven Children
Flower Travellin’ Band – Made In Japan
Karuma Khyal – Alomoni 1985
Les Rallizes Denudés – Flightless Bird (yodo-go-a-go-go)
Masahiko Satoh & New Herd Orchestra – Yamatai-Fu
Magical Power Mako – Jump
Kuni Kawachi & Friends - Kirikyogen
Brast Burn - Debon
Akira Ishikawa & Count Buffaloes - Uganda
Flower Travellin’ Band - Anywhere
J.A Caesar & Shirubu - Shin Toku Maru
Gedo - Gedo
Les Rallizes Denudes - December’s Black Children
Datetenryu - Unto 1971
East Bionic Symphonia - East Bionic Symphonia
Stomu Yumashita & Masahiko Satoh - Metempsychosis
Taj Mahal Travellers - July 15, 1972
Toshi Ichiyanagi - Opera inspired by the works of Tadanori Yoko’o
Taj Mahal Travellers - August 1974
Seishokki - Organs of Blue Eclipse (1975-77)
Joji Yuasa- Music for Theatrical Drama
Group Ongaku - Music of Group Ongaku
Far East Family Band - The cave Down to Earth
The Jacks - Vacant World
3/3 - Sanbun No San
Blues Creation - Live
Various Artists - Genya Concert
Toshi Ichiyanagi/Michael Ranta/Takehisa Kosugi - Improvisation SeP.1975
Itsutsu no Akai Fusen - Flight 1&2
Maru Sankaku Shikaku - Complete Works (1970-73)
Yonin Bayashi - Ishoku-Sokuhatsu
The Helful Soul - 1st album

Conozco apenas cuatro o cinco de entre todo este revoltijo, mayormente setentero. Es muy posible que una parte de ellos sean horrores sólo soportables por cerebros muy “particulares” o Sydbarrettianos, como es el caso de Cope, o no pasen de esa fascinación extraña que ejercen las copias niponas de sus equivalentes anglosajones. El “Satori” de Flower Travellin’ Band (ya hablé de él), me parece muy bueno, como también el abrasador “Heavier Than a Death In The Family”, de los Rallizes Denudes, mítica banda relacionada con el Ejército Rojo Japonés y con el secuestro de un avión de pasajeros en 1970, y de los que no existen más que grabaciones en directo: a precio de oro. Bájenselas.


Les Rallizes Denudes tocando "Night of the Assassins" en directo en 1976

Más información aquí.

El mal de amor melancólico y el fantasma femenino

30 de Julio de 2007

“La enfermedad llamada hereos es una angustia melancólica causada por el amor hacia una mujer. La causa de esta afección reside en la corrupción de la facultad de la estima por una forma y una figura que ha permanecido impresa en ella de forma muy intensa. Cuando alguien se apasiona por una mujer, piensa desmedidamente en su forma, en su figura, en su comportamiento, puesto que cree que es la más bella, la más venerable, la más extraordinaria y la mejor hecha. Por esta razón, la desea con ardor, olvidando la moderación y el sentido común. El juicio de su razón está tan alterado que imagina constantemente la forma de la mujer y abandona todas sus actividades, de manera que, si alguien le habla, apenas le oye.

Los signos son la omisión del sueño, de la comida y de la bebida. Todo el cuerpo se debilita, salvo los ojos.

Si no es tratado, el hombre se convierte en un maniático, y se muere.

El tratamiento de la enfermedad puede ir de los medios suaves, como la persuasión, a los fuertes, como el látigo.

Únicamente si no queda otro remedio, se aconseja recurrir a los talentos de alguna vieja y horripilante arpía: La vieja tendrá que llevar bajo sus ropas un trapo mojado con sangre menstrual. En primer lugar, ante el paciente, deberá proferir las peores maledicencias acerca de la mujer que él ama y, si esto resulta inútil, tendrá que extraer el trapo de su seno, exhibirlo bajo la nariz del desafortunado y gritarle a la cara: “¡tu amiga es así, es así!”, sugiriendo que ella no es más que un mal de la naturaleza.

Si incluso después de esto no se decide a cambiar de opinión, entonces no es un hombre, sino el diablo desnudo.”

 
“De amore qui hereos dicitur” del Lilium Medicinale del doctor Bernard de Gordon, profesor en Montpellier (ca. 1258-1318)

Julian Cope, el druida

17 de Junio de 2007

Buscando cosas sobre Nico me encontré con la página de un tipo al que había perdido de vista durante bastante tiempo: el sin par Julian Cope. Este hombre, como bien sabrá el lector (si no, probablemente, habrá dejado de leer más o menos a esta altura) era miembro de los Teardrop Explodes, uno de los conjuntos post-punk más destacados de la escena de Liverpool. Se separaron muy pronto y tras la ruptura Cope emprendió una estimable carrera en solitario. Yo no he escuchado todos sus discos, pero sí puedo decir que el primero que sacó, “World Shut Your Mouth” no está nada nada mal y el “Fried” (en cuya portada aparece cubierto únicamente con una concha de tortuga) y el “Saint Julian” son también recomendables y, por cierto, bastante más pop (aunque con un acusado toque psicodélico que me temo ha ido acrecentándose con los años) de lo que podría uno pensar al ver los discos tan raros que comenta en su maravillosa página.

 

Página que es, sin lugar a dudas, una de las mejores que se pueden encontrar en toda la red. Es una auténtica mina, empezando por la foto que aparece en recepción: con una gorra de oficial del ejército, una melena larga y descuidada, sin camiseta y con pantalones de cuero. Hay que decir que en 1990 Cope, como Dylan, Ramon Llull o Emanuel Swedenborg en otras épocas, tuvo una revelación que le transformó en el druida que es hoy (él se llama a sí mismo The Archdrude). Lo cuenta así:



“En el verano de 1990 tuve una visión del mundo. En aquella visión vi a la Madre Tierra – Una enorme Diosa que permanecía erguida y orgullosa pero con la cabeza dolorosamente girada hacia atrás ante el tratamiento que la humanidad había elegido darle… El pelo de la Diosa era el viento en torno a la tierra y su brazo izquierdo estaba extendido, la luna girando en el dedo índice de la mano izquierda. Estaba dañada por los residuos químicos y su expresión era de extática tristeza religioso-espiritual. Había rayos de brillante luz perforando el centro de su cráneo igual que el agujero de ozono permite a la luz del sol perforar el polo norte. Esta clásica imagen mística de iluminación del alma reflejaba irónicamente la supuesta muerte del mundo a través del efecto invernadero. Era una absurda espada de doble filo. La enorme Madre Tierra estaba en pie en el mismo borde del más alto acantilado del infinito –y a punto de saltar… Tuve que hacer un disco sobre la locura de la situación.”

Ese disco fue “Peggy Suicide” (que es como él llama desde entonces a la tierra). Yo lo vi en directo hace unos años, en el Primavera Sound, y fue memorable. Tocaba al mismo tiempo que Teenage Fanclub, así que no tuve problemas para decidirme porque Teenage Fanclub no me han gustado nunca; delante estaba Santi Carrillo. Salió hecho un Panorámix de la vida con gafas oscuras y soltó un rollo en inglés del que no pude comprender una palabra. Se subió la capucha, pisó uno de los pedales y ahí estuvo una hora con reverberaciones, loops, distorsión y psicodelia en estado puro. Mucha gente se fue espantada pero algunos quedamos cautivados.

Además de su faceta de músico, gusta también de escribir: publicó un libro sobre el rock alemán de finales de los sesenta y principios de los setenta llamado Krautrocksampler. Salió en 1995 y desgraciadamente está descatalogado hace tiempo… lo he bajado pero quiero una copia, a ver si un día en e-Bay pillo alguna. También tiene varios sobre el neolítico en Inglaterra y temas semejantes, porque está como loco con Stonehenge, Avebury y todos esos sitios. Y ahora va a sacar uno que aunque fuera sólo por la portada merecería la pena comprar: Japrocksampler.

Además en él aparecerán con detalle cantidad de grupos nipones interesantes y raritos como Flower Travellin’ Band, Acid Mothers Temple, Les Rallizes Dénudés o Tokyo Kid Brothers. De Flower Travellin’ Band comentaré en otro momento su "Satori". Buena mierda, sin duda.

¡¡Oh-oh-ah-oh-oh-oh-oh-oh-oh-ooh-oooh-ooooooh!!

Citas encontradas en una hoja de cuaderno…

10 de Mayo de 2007

"La fuerza no es sino una casualidad nacida de la debilidad de los otros"

"No, no me gusta el trabajo. Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia realidad, eso que sólo uno conoce y no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa"

Ambas de Charles Marlow en El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad.

 

Las ciudades invisibles

12 de Abril de 2007

Una atropellada reflexión sobre las ciudades.

“¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles.

A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le habla de ciudades imposibles, por ejemplo una ciudad microscópica que va ensanchándose y termina formada por muchas ciudades concéntricas en expansión, una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo, o una ciudad bidimensional como Moriana”.

 
Mientras duró mi época de simpatía por los pequeños nacionalismos –lo que no significa que la tenga por los grandes- permanecí quizá algo ciego ante un hecho; y es que si hay un lugar que nos condicione de verdad, si hay un lugar que marque nuestro ritmo de vida, ese no es otro que el espacio de la ciudad. Por lo general, todos nosotros, urbanitas irredentos, hacemos gran parte de nuestra vida en las ciudades, en sus plazas, calles y callejuelas, en sus patios y terrazas, en sus rincones y esquinas. En ellas amamos, sufrimos, odiamos, soñamos y nos desesperamos. Ni el viajero más aventurado puede sustraerse a su poder de seducción; siempre, en algún momento de su odisea, la ciudad se dibuja allá al fondo y le invita, le susurra al oído: “Ven, amigo, aquí puedes descansar. Quédate esta noche y mañana volverás a partir. Podrás intentarlo una vez más.”

¿Qué significado tiene para mí una  monótona extensión de tierra, una cordillera, un bosque, un lago…? Como supongo que para muchas "víctimas" de la hipermodernidad, es algo secundario, sólo una imagen de la escapada, algo parecido a una postal. No conozco sus secretos, no sé leerlos. No soy capaz de seguir su ritmo. Me cuesta interesarme por algo que no parece transformarse ante mis ojos a cada segundo, como sí lo hacen las ciudades, presas de una fiebre absurda y enloquecida. Quizá sean, en el fondo, repugnantes, quizá sean también inhabitables, pero no pueden dejar a su vez de ser seductoras.

"Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades infelices…"

 
Así dice Italo Calvino en el prólogo de Las ciudades invisibles, fascinante y extraño libro que tomé prestado hará cosa de un año en la cochambrosa biblioteca municipal, y que hace unos meses compré y releí con gran interés y disfrute. Lástima que Siruela haya decidido que una foto del bueno de Calvino con una camisa a cuadros, sería la mejor idea para la portada… Pero bueno, se lo perdono porque Siruela mola bastante.

Calvino crea aquí un texto poliédrico, de difícil clasificación –ciencia ficción, cuento corto, novela- imbuido de un gran poder de sugestión. Un texto no muy extenso, pero de enorme densidad. Marco Polo describe a Kublai Khan  (emperador de los mongoles en la tradición histórica; de los tártaros en la literaria) todas aquellas ciudades que ha visitado en sus “viajes”, de forma muy breve. Tras cada una de estas descripciones uno se siente tentado a trazar esos paisajes imaginarios en su cabeza, a ensamblarlos con su propia memoria de las ciudades que ha visto, oído, imaginado… Aquí aparece una ciudad de la que sólo son visibles las tuberías; otra cuyo reflejo repite todo lo que sucede en la original; otra suspendida sobre pilotes y escalas colgantes…y un largo etcétera.

Pero me pregunto por un momento ¿Qué son las ciudades? Muchas cosas: Son las obras de arte más completas y fascinantes. Espacios donde se acumula gran parte de la población mundial. Un reducto de esperanza para muchos, una oportunidad más. Un conjunto de signos, símbolos, secretos ocultos. Una visión celestial en el Apocalipsis bíblico. Proyectos de futuro. Testigos enterrados bajo tierra. Obra de la mano humana y de sus delirios y también del azar; un caos de locuras y maravillas que siguieron y siguen a un antiguo baile ceremonial; o quizá simplemente a la voluntad de un solo hombre.

 

Labradas en la roca durante décadas hasta la extenuación; iluminando el desierto con millares de luces de neón; formando misteriosos laberintos situados a miles de metros de altitud. Son todas ellas un universo, formado por calles, cruces, miradas, deseo, miedo… Un universo que tiene un marcado carácter vampírico, pero siempre femenino -la ciudad siempre me ha parecido femenina, y no sólo por el género gramatical; también Calvino pone nombre de mujer a todas las ciudades del libro. No, la ciudad no es algo exterior, no es un decorado, no es un simple escenario. Te parasita, te va drenando, o te hace segregar endorfinas; forma parte de ti. Es una de las mujeres de tu vida.

Pude comprobarlo el otro día, cuando cerró una panadería en la que solía comprar desde hace bastantes años, y me sentí como si me hubieran quitado algo. Cada vez que derriban un edificio emblemático, cada vez que desaparece un espacio que había pasado a formar parte de la memoria colectiva (aquí es una práctica común), o de tu memoria individual, siento que me han robado, que me han atacado personalmente. Porque esta ciudad, mal que me pese, con todo lo que la odio y todo lo insoportable que me resulta, también soy yo.

 

Creo que si la ruina de nuestra civilización se acerca, serán sobre todo nuestras ciudades, como las Sibilas, las que avisarán de la catástrofe, las que nos dirán que estamos gastados, que se acabó el experimento, que ya es hora de plegar. Es en ellas donde debemos buscar las grietas, los signos que nos indicarán la venida del ocaso. No puedo decir que no puedan ya leerse algunos de esos signos. Pero, mientras espero y observo, yo seguiré respondiendo a su llamada, dejándome morder y seducir, amándola y odiándola a partes (des)iguales: como a cualquier otra mujer, como a una femme fatale, como a mi vampiresa preferida.

La ciudad y tú
sois como un todo
es tu timidez
frente a su audacia

(Fernando Márquez scrivit)


Las ilustraciones son de François Schuiten.

La guitarra de Steve Jones

8 de Abril de 2007

Ando enfrascado en la lectura del famoso mamotreto de Greil Marcus, Rastros de Carmín. Una historia secreta del siglo XX. Bueno, más que enfrascarme en él voy leyéndolo a cachitos, cuando me apetece; es que estoy muy perro estos días. Desde las primeras páginas se intuye que va a ser un libro divertido, muy relajado en cuanto a metodología y precisiones históricas se refiere, pero también por ello mucho más divertido que, por ejemplo, una tesis doctoral al uso. Sí, puede que hallar el hilo conductor que nos lleva desde los lollardos al punk, todo ello pasando por Dadá o la Internacional Situacionista, sea una empresa algo arriesgada. Pero es muy entretenida.

Supongo que el contacto casi a diario con textos surgidos en el entorno universitario hace que termine hasta los cojones de tanta prudencia, responsabilidad y precisión metodológica, y en suma de esa elusión del estilo y la personalidad tan habitual en el mundo académico. Así que no me importa que Marcus salte de tema en tema un poco como le venga en gana; por el contrario, me mola. Una parte de mí siempre ha sentido la necesidad de rebelarse de alguna forma; por lo general soy anárquico, caprichoso, irresponsable y culo de mal asiento. Bueno, eso puede comprobarse fácilmente en este ¿blog? donde puedo hablar de la Neo Geo, al día siguiente del pie femenino y otro día de Praxíteles. Y tirarme un puñado de días sin actualizar.

Bueno, pues leyendo sobre la epopeya de los Sex Pistols en el libro, y sobre clásicos como Holidays in the Sun o Anarchy in the UK, he sentido la necesidad de revisitar el Never Mind the Bollocks, que aunque me gusta, nunca lo habría puesto entre mis imprescindibles. Esta quizá ha sido la ocasión en que he estado más cerca de incluirlo. Ahí está de nuevo la voz chillona y psicopática de Johnny Rotten, con esa inconfundible manera de pronunciar las errres: “orrr is this the ai arrr eeiii?” Y sobre todo, la guitarra de Steve Jones; suena poderosa, agresiva, cortante. Es un sonido adictivo, no puedo parar de escucharlo una y otra vez. Incluso dan ganas de hacer un poco de air guitar. Suena cojonudamente, joder. Esa Les Paul habla, tío.



Vaya -me digo- pues no está mal, sigue conservando algo de fuerza, después de treinta añazos. No es más que rock, de hecho, es puritito rock’n roll, más simple, más duro, más directo, pero rock al fin y al cabo. Hay una intensidad y una urgencia en estos riffs que me hace segregar endorfinas. Pero sobre todo, la pregunta que no puedo evitar hacerme, es: ¿cómo puede ser tan increíblemente bueno algo tan malo, hecho por gamberrazos y marginados de la sociedad? Eso es lo que siempre me ha fascinado de la explosión punk; los perdedores, los marginados, los parias, haciendo algo bueno e importante. Eso es algo maravilloso, coño.

Lamentablemente, el rock hace años que ha perdido su capacidad de subvertir y de provocar, esto bien lo sabe todo el mundo, así que uno no puede más que sentir nostalgia de una época en la que eso era posible (aunque esa provocación fuera rápidamente asimilada; también está el ejemplo del hip-hop: de NWA y Public Enemy a Pharrell y 50 Cent). Y es que no hay música que yo haya escuchado en toda mi vida que pudiera escandalizar a mis padres, ni a los mayores, ni a nadie; y realmente me hubiera gustado haber podido escuchar canciones con las que joder y molestar al personal. Y yo, que cada día tengo más ganas de que esta mierda reviente de una puta vez, sigo soñando con un sonido que haga pedazos el mundo.

Pero mientras, me quedo con el pop…

Kleinempfanger's Profile Page

Sí, me gusta la Casa Azul. Cortesía de Last.fm

Dostoievski en domingo

13 de Febrero de 2007

Ah, esas torpes tardes de domingo, sumideros de tiempo malgastado, pura encarnación del tedio… Anoche tomaste unas cervezas con los amigos, te has levantado tarde y el día parece ya perdido irremisiblemente. No sabes qué hacer; todo está cerrado, no hay ni un alma en la calle… y para colmo hace un día feo feo, pero feo de cojones. Miras por la ventana y se dibujan al fondo, sobre un paisaje inconfundiblemente valenciano, esos horribles bloques de hormigón pintados de rojo y blanco que tanto odias. La extraña luz de la tarde otorga a todo un halo postapocalíptico, como si el mundo hubiera terminado hace años…

Por esto y mucho más el domingo es un día perfecto para entregarte al vicio de la lectura. Un poco cansado de prosas académicas, exangües y amojamadas, me decido por Dostoievski y sus Memorias del Subsuelo, una novela corta (de unas 120 o 130 páginas). La celebérrima Crimen y Castigo ya me dejó una enorme huella debido a su increíble y vertiginosa profundidad y al acabarla no dudé que frecuentaría a este escritor. Y es que la obra de Dostoievski es una obra con una sustancia interior; nada que ver con estériles ejercicios de sofisticación literaria. Muy por el contrario, su estilo se parece a un torrente de palabras, más bien chapucero, deslavazado y excesivo, en el que los personajes que aparecen tienden a hablar, hablar y hablar sin medida alguna. El protagonista, sin nombre concreto, se pasa toda la primera parte de la novela divagando, interpelando al lector, como presa de un estado febril. Confieso que llegó un momento en el que llegué a pensar para mis adentros: "¿Se callará alguna vez este pedazo de cabrón?"

Es tarea casi imposible citar debidamente a Dostoievski, porque no hay ni una página, ni un fragmento, ni una frase realmente destacable. Eso es una gran ventaja: así es más complicado ser reducido a citas deformantes en las televisiones municipales y en los sobrecillos de azúcar. Es preciso sumergirse hasta el fondo, pasar por todo el fárrago, la paja (jiji) y el exceso. Si se concentraran los momentos de mayor intensidad, a modo de frases lapidarias, si se tratara de depurarlo y de convertirlo en una especie de juego intelectual, resultaría insoportable; es necesario tomar aire de vez en cuando para acometer lo que vendrá después. Quiero decir con esto que poco tiene que ver con un Borges (y fue el propio Borges quien dijo que "Dostoievski no debe ser juzgado por cada página sino por la suma de páginas que componen el libro"). Estoy totalmente de acuerdo. Dicho esto, he de señalar que mi conocimiento de la obra de Borges es prácticamente nulo, aunque sí me han interesado algunas veces sus juicios acerca de otros escritores…

El bueno de Cioran –un autor por cierto tremendamente fácil de citar- destacaba a Dostoievski por “su dimensión religiosa que raya a la vez en el delirio y en el último límite de dicha dimensión”. Lo consideraba el escritor “más complicado, más profundo de todos los tiempos”. No es de extrañar que el durante un tiempo miembro de la Guardia de Hierro de Codreanu,un hombre que en su juventud era capaz de espantar a gente por la sencilla razón de que “no eran Shakespeare” sintiera devoción por él. Casi lo puedo ver como un personaje del gran escritor ruso.

Aunque en realidad cualquier ser que camine erguido puede verse dentro de su mundo literario. Es vertiginoso. Es vertiginoso el descenso que nos ofrece a los rincones más oscuros y vergonzantes, es vertiginoso bajar hasta encontrar nuestro reflejo en personajes monstruosos y enloquecidos.Y también emocionante. Raskolnikov, Kirilov, Stavrogin… La venganza, el asesinato, el remordimiento, el absurdo…Todos somos capaces de partirle la cabeza a la vieja prestamista de los cojones, al profesor, al jefe, al vecino… siempre, siempre hay algún tocapelotas, alguien que nos irrita y al que le hundiríamos gustosamente un hacha en el cuello. Pero lo disimulamos fetén, oiga. ¡Por la cuenta que nos trae!

En cualquier caso, no es aconsejable matar en domingo. El domingo es día de misa, de paella, de resaca, de pajones castellanos, incluso de retozar, pero no de matar. El día de matar siempre ha sido y será el lunes. ¡Hoy me habría cargado a unos doce por lo menos!

No, ahora en serio: repórtense. No maten a nadie. Y si matan, que no les pillen, como cuando copiaban en los exámenes.

Y lean a Dostoievski. 

La leyenda dorada

14 de Enero 2007

Los santos… ¡Qué almas tan apasionadas! Leo una selección de La leyenda dorada, publicada en Alianza (la versión completa es muy cara, y además son demasiados santos). Es un libro de un dominico italiano del siglo XIII llamado Santiago de la Vorágine, que colecciona milagros y curiosidades acerca de estos personajes tan disparatados. Fue un libro bastante popular y sirvió como fuente iconográfica para muchos artistas, por ejemplo Giotto. El deseo de conectar con el alma del pueblo, a la que no se podía apabullar con disquisiciones teológicas ni ritos iniciáticos, hace que el libro se centre en la anécdota y en el chisme. En todas las historias, los santos son como kamikazes, por lo menos. Tomemos como ejemplo la historia de Santa Lucía:

La madre de Lucía, Eutiquia, sufre de hemorragias. Cuando ambas van a visitar el sepulcro de Santa Águeda, ésta cura los males de Eutiquia. Así que Lucía decide que todo el dinero que le corresponde como dote para su inminente casamiento, debe ser donado sin dilación a los pobres. “No vuelvas a hablarme de matrimonio”, dice Lucía a su madre. El pobre novio no comprende nada, y loco de ira, va a denunciarla al cónsul Pascasio.

Cuando Lucía se encuentra ante el cónsul, como de costumbre, lo desespera con sus soflamas: “Los corruptores de la mente sois vosotros, que tratáis de que las almas deserten del servicio que deben prestar a su creador”. “Cuantos viven limpiamente son templos del divino Espíritu”. Pascasio, irritado, dice: “Haré que te lleven a un lupanar, serás violada y dejarás de ser templo de ese Espíritu divino.” Entonces Lucía responde aquello de que si la mente no consiente, el cuerpo no queda mancillado.

Pero toda hagiografía parece incompleta sin un pasaje que contemple el suplicio. En este momento la santa, envalentonada por el Espíritu divino, suplica que la violen, la despedacen y la estrangulen y lo que haga falta. Pero nadie puede moverla de su sitio; sus pies permanecen fijados al suelo. “¡Qué clase de encantamiento es este que ni con mil hombres ni mil parejas de bueyes puedo mover a esta meretriz!” Pascasio ordena que la ahoguen con orines –parece que este líquido tenía la virtud de deshacer encantamientos; para los seguidores de Txumari Alfaro y su inefable programa, ahí va otra aplicación posible para la agüita amarilla- pero nanay, la santa no se mueve. Podemos imaginar al bueno de Pascasio, adoptando poco a poco el semblante del Coyote, sudando la gota gorda mientras comprueba que ni prendiéndole fuego hay manera de matarla.

Martirio de San Felipe, José de Ribera

Finalmente, uno de sus esbirros, aterrorizado por el crispado semblante de su jefe, le atraviesa la garganta a la santa con su espada. Pascasio sonríe por fin, pero Lucía todavía tiene tiempo para anunciar la paz que ha sido concedida a la Iglesia. En ese momento, prenden a Pascasio, porque se han enterado de que es un perillán que se dedica a saquear la provincia, y es condenado a muerte: triste final para Pascasio, que muere de la forma más indigna, mientras la santa permanece viva a pesar de que han improvisado una brocheta con ella. En el momento de expirar, unos sacerdotes que pasaban por allí se han encargado de administrarle el sacramento, y de pronunciar el sempiterno “Amén” a coro. Es el año 310 de la era de Nuestro Señor, siendo emperadores Constantino y Majencio.

Santa Lucía es la patrona de la vista, como se encargó de recordarme mi abuela bien a menudo cuando me pusieron las primeras gafas, pero en esta versión no aparece nada que tenga que ver con ello. Recordemos que en la representación habitual de Santa Lucía, aparece con un plato en la mano, que contiene sus ojos arrancados. Supongo que la Iglesia consideró necesario renovar su imagen y hacerla un poco más gruesome para conectar con las masas. No sé. La verdad es que de los Evangelios a las estampitas hay un largo camino, y poco a poco se observa como el cristianismo, sobre todo en los países católicos, va perdiendo su carácter místico para convertirse en una cosa populachera, histérica y de mal rollo. Algunos grandes artistas lo recuperan en sus obras, mientras otros se pierden en ese horterismo de plañideras. Nada que ver con el estoicismo de Marco Aurelio, o con la meditación de los monjes orientales. Aunque reconozco que algunos excesos, sobre todo los de los místicos y algunos santos, me fascinan. Escuchemos lo que dice Angela de Foligno: “Contemplo, en el abismo en que me veo caída, la sobreabundancia de mis iniquidades, busco inútilmente cómo descubrirlos y mostrarlos al mundo, quisiera ir desnuda por las ciudades y las plazas, con pedazos de carne y pescado colgados de mi cuello, y gritar: ¡aquí tenéis a la criatura más vil!”. He aquí un temperamento fuerte y alejado de la tibieza. ¡Así quiero yo a mis compañeras de cama!

Todas las historias son más o menos parecidas. Santa Margarita también desea morir por Cristo, y mientras los secuaces del romano de turno la golpean con varas y con garfios, proclama la salvación de su alma por la destrucción del cuerpo. El romano no puede seguir contemplando el espectáculo y ordena que la devuelvan a la cárcel. Allí la santa pide al de arriba que le muestre cuál es el enemigo, y surge un enorme dragón que desaparece en cuanto Margarita hace el signo de la cruz. En este momento Santiago de la Vorágine dice, de manera un tanto sorprendente: “En algún libro se lee una versión un poco diferente en relación con este episodio del dragón: en tal libro se dice que el dragón, al surgir ante Margarita, hizo un movimiento rapidísimo, sujetó con su boca la cabeza de la joven; con su larguísima lengua envolvióle los pies, tiro de ellos hacia sus fauces, formó con el cuerpo de la santa un ovillo y lo engulló; pero Margarita, al pasar por la garganta de la infernal bestia, se santiguó; mientras se santiguaba llegó al estómago del dragón y, en cuanto llegó, el horrible monstruo reventó y ella salió incólume de las entrañas de aquel bicho descomunal. Yo opino que esto de que el dragón llegara a tragarla, que reventara, parece poco serio; probablemente se trata de una invención; en consecuencia, no debe ser creído el relato que hace el aludido libro acerca de este episodio”.

Santa Margarita y el dragón

Es muy curioso que considere esa historia inverosímil, después de todo lo que nos ha contado. Pero lo que más me fascina de todo esto, al final, ni siquiera son las historias de los santos, sino el hecho de que toda esta gente se las creía. Si el autor no alertara de su dudosa veracidad, la gente se tragaría lo del dragón sin ningún problema. No interponían ningún tipo de filtro entre realidad y ficción. Lo que para nosotros son historias disparatadas, para ellos era la historia. Como el niño que mira debajo de la cama porque cree que hay monstruos, esta gente vivía con gárgolas, dragones y milagros de todo tipo fundiéndose sin esfuerzo con lo cotidiano.

Sí, eso es lo que realmente envidio: su capacidad para fundir la realidad con la ficción, o mejor dicho: su incapacidad para separarlas. Recordemos: “La realidad, en el fondo de la noche, no es más material que el sueño luminoso…”  

La espiral del amor

29 de Diciembre de 2006

Siempre lo digo henchido de orgullo: me encantan los tebeos. Con ellos aprendí a leer, a dibujar cosas en tres dimensiones, y, lo que es más, con ellos aprendí a disfrutar de la lectura (cosa que en la escuela trataron de evitar a toda costa). Y es que, amigos míos, la lectura no puede ser una obligación de ninguna de las maneras, como pretenden los Ministerios de Cultura. Puedo admitir que haya textos que requieran que el lector ponga un poquito de su parte. Los hay, y de hecho muchas veces el esfuerzo invertido da sus frutos. Pero no comprendo demasiado bien a aquellos que se empeñan en escalar el Ulises de Joyce –por poner un ejemplo- sucumbiendo de aburrimiento, como si al llegar al final de sus páginas fueran a convertirse en un ser nuevo y mejor.

Pero, a ver: uno vive buena parte de su adolescencia engañado, pensando que cuando meta la polla en un coño va a producirse en él una experiencia trascendental que cambiará su vida para siempre. No es así; timidez, nervios, ansias… la primera vez suele ser bastante poquita cosa. Entonces, ¿cómo va a cambiarte la vida una lectura a lo misionero, sin mirar a los ojos, sin besitos, cachetes ni guarrindonguerías varias? Fóllate ese libro, joder, fóllalo por todas las partes, haz que se te peguen las hojas, arráncaselas si hace falta. Para mí, si la lectura no se realiza como devoción, carece del menor sentido. Como dice Daniel Pennac: "la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer” 

Bueno, pues el último tebeo que he leído es Uzumaki, editado por Planeta deAgostini. El precio no está mal, teniendo en cuenta lo caros que suelen ser los malditos (4’95 euros el volumen, un total de seis), aunque la calidad de la reproducción es bastante normalita. Bueno, pues esta locura es una razón más para ahondar en mi niponofilia. ¿Qué tiene de especial? No sé, pero lo que sí tiene, para empezar, es una premisa de lo más simple y divertida: un pueblo se halla dominado por las espirales y sus misteriosas manifestaciones. Eso le basta al autor, un odontólogo retirado que responde al nombre de Junji Ito, para desatar sus fantasías repletas de deformaciones inverosímiles, humor negro y estupendas colegialas. Deformaciones: +5 puntos. Colegialas: +1000 puntos. ¿Hace falta que siga?

 ¡+5000 puntos!

Ah, la historia tiene un inconfundible influjo lovecraftiano: +2000 puntos. Siempre he sido bastante fan de Lovecraft y de sus terrores innombrables y de dimensiones remotas. Mi afición por su obra, que derivó hacia otras lecturas así como raras, no viene precisamente por un “Plan de Fomento de la Lectura”, sino, curiosamente, de los siempre denostados videojuegos. Aunque ahora es un género que ha decaído bastante, allá por los años 90 las aventuras gráficas gozaban de un gran seguimiento, y no sólo las gloriosas maravillas de Lucasarts. Recuerdo tres que tenían una notable influencia del legado del escritor de Providence:


Alone in the Dark

Alone in the Dark

Antecedente directo del famoso Resident Evil y de todos los survival horror, muy antiguo ya y con unos polígonos que ahora dan un poco de risa. Había un libro en una estantería que no podía leerse, bajo amenaza de game over. El libro era De Vermiis Mysteriis, de un tal Ludvig Prinn. Un amigo y yo, como dos pardillos, lo buscamos por todas las bibliotecas, por supuesto en vano. No era más que un ficticio libro maldito, al estilo del Necronomicón del árabe loco Abdul-Alhazred, que aparece en las obras de Lovie.
 

Shadow of the Comet

Shadow of the Comet

A este apenas llegué a jugar, pero tenía bastante buena pinta.

 
Daughter of Serpents

Daughter of Serpents

Un juego muy raro, y bastante corto, pero la historieta era interesante, con Djinnis, confabulaciones estelares, misteriosos pergaminos y la Alejandría de los años 20 como escenario. Tenía un “algo” que ha hecho que perdure en mi memoria, a pesar de sus defectos.

Deben haber muchísimos más juegos inspirados en Crafty, pero estos son los únicos que he jugado. El Shadow of the Comet nunca llegué a completarlo, los otros dos sí. Quizás algún día, aunque no lo creo.

Bueno, tengo hambre y voy a ir a por algo a la nevera, así que resumo: Lee novelas, ensayos, tebeos, juega a videojuegos, fóllatelos, haz lo que quieras, pero por favor, no leas el Código Da Vinci. Es una puta frígida con el coño seco como una mojama. Se abre, sí, claro, se te abre bien fácil, pero no te dará ni pizca de amor. Sin embargo, Howard Love - craft, él, mi viejo amigo, nunca te defraudará, porque lleva el amor en su nombre, y sabe siempre cómo dártelo porque tiene el craft.

Y todos buscamos amor en este mundo, ¿o no?

Sade y sus cosas

27 de Diciembre de 2006

Leo La philosophie dans le boudoir (La filosofía en el tocador) del Marqués de Sade. Es un drama pedagógico subvertido, donde una jovencita de piel blanca y fresca es "encauzada" por parte de unos libertinos. Sumamente interesante por su exploración valiente y controvertida del lado oscuro de la fuerza. Sigue siendo muy fuerte, sigue siendo incómodo, pese a que se supone que vivimos en una época de liberación sexual (que en realidad quiere decir, y eso mucho mejor lo expone Houellebecq, que el sexo ha entrado en la dinámica del mercado)

Exponer a cualquier individuo que se considere a sí mismo "liberal", en cuanto a sexo se refiere, las tesis de este libro –no defenderlas ni recomendarlas, simplemente exponerlas- es casi siempre comprobar lo estúpido que es el término “liberal”. Detesto profundamente ese término y todo lo que oculta o pretende ocultar, esto es, ante todo: conformismo, comodonismo, papanatismo, incluso mojigatismo, amén de otras muchas cosas en las que prefiero no entrar ahora.

Esta obra no es ni más ni menos que un producto de la Ilustración, de la explosión racionalista de Diderot, Rousseau, Voltaire y compañía.  Aquí se trata de liberar a la razón de muros y cortapisas, que sea la luz que alumbre el camino al desarrollo de nuestros más bajos instintos reprimidos bajo la mesa camilla judeocristiana (contra la que Sade se ensaña de manera particularmente insistente) Así, este teatrillo de perversiones, violencia, parafilias e inmoralidad, resulta de poner la razón en primer plano, pero para romper su himen inmediatamente después; no por nada se produjo su reivindicación por parte de los surrealistas.

Cuando tenía 12 o 13 años y mis hormonas estaban empezando a salirse de madre, me encontré un día con Justine entre mis manos. Naturalmente, mi curiosidad me impulsó a leerlo. Estaba plagado, como todos sus libros, de escenas pornográficas; las imágenes que allí se describían me inflamaron y tuve una erección inmediata. Por aquel entonces, a las chicas de mi clase comenzaban a crecerles los pechos y yo me sentía totalmente dominado por el deseo, que se crecía con la imposibilidad de obtener su objeto… era consciente de que nunca los vería desnudos ni los tendría entre mis manos; todavía quedaban unos cuantos años para que hacerlo fuera normal. Esta tensión acabó produciendo en mí un ansia descomunal de poseerlas. Por la noche se me aparecían imágenes increíblemente obscenas, de erotismo delirante y violento. Quizá si hubiera tenido una educación religiosa la culpa me habría abrumado. Por suerte, no fue el caso y en un quítame allá esas pajas todo quedaba solucionado. Como dice el protagonista de una de los novelas de Houellebecq -no importa cuál porque en todas es el mismo- “cuando los hombres escupimos el chorrito nos quedamos muy tranquilos”.

 Pedro Machuca, Virgen del Sufragio

El momento del orgasmo es imposible de racionalizar. Es un instante de muerte, la mente se vacía por completo, el homo sapiens queda convertido en un objeto presa de estertores animales. ¿Qué no es uno capaz de hacer entonces? Si ese breve bocado de muerte se alargara indefinidamente, ¿qué es lo que ocurriría? En este momento, me viene a la cabeza la imagen de una humanidad poseída por un orgasmo continuado, copulando y asesinándose mutuamente para alimentar su lujuria; un Apocalipsis sádico. Nada podría asegurarnos su imposibilidad.

Pero pese a ese período de fantasías violentas y al aburrimiento que me produce el sexo convencional, nunca me ha gustado hacer daño, o por lo menos sin la aprobación del otro. Las fantasías que aparecen en los libros de Sade pueden ser sugestivas pero nunca las pondría en práctica, porque violan el espacio ajeno. Desentenderse del dolor que el otro sufre para aumentar el propio placer se parece demasiado al ejercicio del poder. Esto que digo queda perfectamente representado en la que es, por lo que a mí respecta, la experiencia cinematográfica más traumática que jamás se haya parido: por supuesto, me refiero a Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Ninguna película muestra el horror de forma tan cruda y directa. Olvídense de cosas como Flower of Flesh and Blood, Holocausto Caníbal o Braindead. Esta alegoría fílmica de la brutalidad del poder, si es que son capaces de verla entera, permanecerá en sus mentes mucho más vivamente que esas alegres e inofensivas gorefests.
 
En cualquier caso, haga lo que haga cada uno con su vida, ahí están las obras de Sade, para quien quiera abrir por unos momentos la puerta que lleva hacia ese monstruo que la cultura occidental, cobarde e hipócrita, rara vez se ha atrevido a mirar cara a cara. ¡Yo te saludo, Divino Marqués!

Otro inútil comienzo

5 de Diciembre de 2006

"La edad moderna estaba obsesionada por la producción y la revolución, la edad postmoderna lo está por la información y la expresión. (…) Cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie en el fondo está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el emisor o el propio creador. Eso es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor (…) expresarse para nada, para sí mismo, pero con un registrado amplificado por un medium"

 

Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Anagrama, 1986.

 

¡Hola! Tengo un blog. No me gustan las alcachofas, pero el chocolate, sí. Tartas de chocolate, bombones, tabletas gigantes. Todo el chocolate es guay. Algunas veces compro chocolate. Otras no.

Y nada, eso.