Arrebato

31 de Enero 2008

El canal TCM pasó Arrebato este domingo pasado. Evidentemente, volví a tragármela con sumo deleite; cada vez que la veo me gusta más, es maravillosa. Lástima que no pude grabar la entrevista que Méndez-Leite mantuvo con Zulueta antes de la emisión. De todas formas, por lo que pude ver resultó un pelín caótica, dado que Zulueta no es exactamente un hombre de palabras, ni tampoco un intelectual. No le gusta explicar lo que hace; él sólamente disfruta creando imágenes, sea en carteles y dibujos o en cine.

 

Eso es lo propio de un gran artista, un artista iluminado, tocado por la gracia, como lo es él. Basta ver la película para comprobarlo; esta vez (no sé si es la quinta o la sexta) tuve todo el tiempo una sensación particularmente intensa de que Zulueta no sabía muy bien lo que estaba haciendo mientras filmaba, como si fuera presa de una intuición divina. ¿Es una película rara? posiblemente, pero no lo es de una manera arbitraria y gratuita, no es vanguardista-porque-sí. Su rareza surge del amor, de un amor auténtico y sin rodeos por el cine y el poder de las imágenes. Y eso es algo imposible de falsificar. Quizá sea una de las razones por las que la película se ha conservado tan bien. Incluso yo diría que ha ganado con el tiempo…

Muchas de esas imágenes se quedan grabadas a fuego en el córtex cerebral. Ana (Cecilia Roth) metamorfoseada en Betty Boop, Pedro (Will More) subido en el mueble con cara de Peter Pan alucinado y apagando la luz con un estornudo, el Blandi Blub, los cromos de “Las Minas del Rey Salomón” (¿Cuánto tiempo podías quedarte mirando este cromo…?), las chutas, los hipnóticos Súper 8 que drenan la vida de ese alter-ego de Zulueta, cargados de ritmos misteriosos, llenos de tesoros y éxtasis, como la vida misma. La entrega total, un salto al vacío, sin red ni arneses. Ese fotograma… es nuestra única oportunidad. No lo dejes pasar… debes comprobarlo.



Un poder de fascinación intacto, imágenes capaces de abrir mundos enteros… El sonido acompaña este maravilloso trance con graznidos, sirenas… Pero lo importante es que miramos al otro lado y volvemos a ser jóvenes otra vez, porque descubrimos lo que somos y deberíamos atrevernos a ser. Arrebato es capaz de cambiar tu manera de ver las cosas… no creo que eso pueda decirse de muchas películas, ni siquiera de muchas obras de arte. Yo podría contarlas con los dedos de una sola mano.

Tan sólo puedo lamentar que Zulueta no se haya prodigado más, porque es uno de nuestros mayores genios. No me cabe la menor duda de ello.

Años, siglos…toda una mañana…imposible saberlo. Estabas en plena fuga, en  éxtasis…colgado en plena pausa…arrebatado.

Los Crímenes de Oxford

26 de Enero 2008

Este domingo fui a ver Los Crímenes de Oxford, la última obra de Alex de la Iglesia. Por lo que a mí respecta, sus películas, en general, siempre me han hecho pasar buenos ratos. Es un director irregular, como por lo demás lo son la gran mayoría, y está bien que sea así, es normal en semejante maquinaria de producción. En su momento me decepcionaron bastante Perdita Durango, Muertos de Risa o 800 Balas; me parecieron bastante fallidas, sobre todo la primera (en las otras dos todavía pude encontrar momentos de regocijo). Acción Mutante la recuerdo también algo regularceja, pero hace ya tantos años que la vi que no soy capaz de evocarla con la suficiente nitidez.

Sin embargo disfruté como un enano con otras de sus producciones: El día de la bestia debe ser una de las películas que más veces he visto en mi vida, y La Comunidad es una jodida maravilla: graciosa, grotesca, divertida, perfectamente realizada. En realidad, creo que salvo Perdita Durango, que es un naufragio total, todas tienen momentos de genio y talento. Siempre me ha interesado el hecho de que en sus películas recupera ese humor negro de larga tradición en España, como el que podía haber en un Azcona, en un Jardiel Poncela o en ciertos tebeos de Bruguera.

 
Un humor que no aparece por ningún lado en esta gran producción. Cosa que, por lo que he podido comprobar, ha decepcionado a mucha gente… ¿Acaso no estaba ya meridianamente claro al ver los trailers, el reparto y demás? ¡Si hasta está rodada en inglés, for fuck’s sake! Se veía venir a la legua, hombre. No veo motivos para sentirse engañado. Yo, por mi parte, me encontré lo que esperaba; un thriller entretenido, con las típicas tretas de este tipo de películas para llevar al espectador por un camino determinado y despistarlo de la resolución final.

Debe ser por eso que no soy demasiado aficionado a este género; sólo hay un camino a recorrer, no suele haber demasiado misterio ni espacio libre para el espectador, y por lo general son películas que difícilmente soportan muchos visionados. Pero Álex sale bien parado de este reto de género. Su virtuosismo técnico brilla particularmente en ese plano-secuencia que presenta a todos los sospechosos de los crímenes. Es una clara referencia, si la memoria no me falla, a una escena de Frenesí, de Hitchcock (hasta sale la misma actriz, Anna Massey).

 
Y en cuanto a los actores… Bueno, la putada con el bueno de Elijah Wood es que me cuesta separarlo del personaje de Frodo. Además tiene la misma cara de alucinado que en El Señor de los Anillos. Qué coño, siempre tiene la misma cara. Leonor Watling está tremenda, digámoslo ya, y sus protuberancias mamarias van a servir para ganar unos cuantos espectadores en el boca a boca… y no es para menos (ese momento con el delantal); lástima que su personaje no sea nada del otro jueves precisamente… John Hurt está muy bien en su papel de cabrón hiper-inteligente y cínico.

Resumiendo: Sí, vale, no es lo mejor de Álex, pero difícilmente veremos otra película española mejor en todo este año. ¡Y espero equivocarme, lo juro!

Los sueños de Busby Berkeley

2 de Diciembre de 2007

I haven’t seen you in ages
But it’s not as bleak as it seems
We still dance on whirling stages
In my Busby Berkeley dreams

Stephen Merritt

Nunca he sido capaz de apreciar los musicales. Jamás he conseguido, supongo, alcanzar esa disposición mental que se requiere para disfrutarlos. Parte de culpa, me temo, la tiene un documental que un profesor nos pasó hace años en el instituto, titulado That’s Dancing. No sé cuánto duraba exactamente, pero sí recuerdo que se me hizo eterna; era un rollazo, un encadenamiento sin demasiado sentido de números musicales fuera de contexto, con Fred Astaire, Ginger Rogers, Cyd Charisse y todos esos clásicos. Todo era baile, baile, baile, claqué y más claqué. Y lo odié desde entonces.

Sin embargo, debo decir que siento debilidad por las coreografías de ese puto genio llamado Busby Berkeley. Baste esta muestra (bastante kitsch) para disfrutar de su extraordinario talento y de su vanguardista visión (ríase usted del Ballet Mécanique de Léger):The Polka Dot Polka, de la película The Gang’s All Here.(1943)


Acid-kitsch. Yeah!

Y de propina, incluyo este bonito vídeo que alguien ha hecho de la canción que da título a este post: Busby Berkeley Dreams, de The Magnetic Fields, contenida en su glorioso 69 Love Songs.


Superlópez - La Gran Superproducción

24 de Noviembre de 2007

Bigotudo, narigudo y algo medianía -como se empeña en recordarle una y otra vez Luisa Lanas- Superlópez era uno de mis personajes favoritos del glorioso plantel de Bruguera. Al menos en los doce primeros álbumes, en los que se pueden encontrar gags de antología. A partir de “Al centro de la tierra”, el número 10, Jan optó por introducir cambios: el dibujo sin duda era mejor, más detallado y preciso, pero el tono general de las historias había cambiado… Jaime González Lidenbrock pasó de ser un repugnante y chivato pelotillero a ayudar al héroe en todas sus aventuras, y el paroxismo desenfrenado de los principios fue derivando hacia intrigas más o menos afortunadas, sin duda muy dignas y en la mayoría de casos salvadas por el muy buen hacer de Jan, pero en otros algo anodinas y simplonas (con cargantes mensajes antidroga y cosas por el estilo). El propio autor parecía ser consciente de ello; era corriente ver al principio de la historieta a algún personaje quejándose de que había comenzado “otra de las sosas y lamentables historietas de Jan”. 

"Mueve multitudes, enciende pasiones, potencia la imaginación y distribuye dinero a patadas… ¿El cine?¡No, hombre! La vanidad". Pepe Moviola.

 
Es difícil elegir una, existiendo maravillas como “Los Cabecicubos”, “Los Alienígenas” o "La Caja de Pandora", pero mi favorita quizá sea “La Gran Superproducción”(1984) porque es una de esas cosas que, por mucho tiempo que pase, nunca te falla. He vuelto a releerla por enésima vez y, claro está, he vuelto a descojonarme con ganas. Y es que hay demasiados puntazos en esta joya como para no hacerlo.

El argumento viene a ser el siguiente: El misterioso Jefe convierte su siniestra oficina en una productora de cine llamada Llauna Films y contrata a Cecilio Bemille (director de “El Último Mambo en Madriz”) para que dirija "Tronak El Kárbaro", un guión de López escogido entre todos por culpa de un error de la señora de la limpieza, que los desordena. Para interpretar los disparatados papeles se contrata a famosos actores: un terminal Brut Kanlaster hace de Gran Karkatak, Tetrarca de Karb; Valerie Astro, megaestrella de tintes putescos, interpreta a la bruja Tekla de Karb… Los demás actores ya están en otro nivel: un cachas con tupé llamado Miguelito Miguel Gómez (Mister Piernas 1984 de la Discoteca “Kalamitad”), que interpreta a Tronak adulto, mientras que el papel de Tronak niño corresponde a Marcelino Vinopán, un petardo de extrarradio cubierto de mugre que se pasa todo el tiempo pidiendo pitillos y que acaba de fugarse de la “prote”. Solía “zumbar tequis” (robar coches) antes de dedicarse al cine. Su frase antológica: “Lárgame un cilindrín, fotero”, dirigiéndose al cámara, que lo mira totalmente perplejo y con un interrogante sobre su testa.

Pero desde luego, la parte que debería pasar por derecho propio a los anales de historia es la final, donde se muestra el resultado del apresurado montaje que hace Superlópez. Una chapuza absoluta: fotogramas del revés, escenas equivocadas,  todo un caos con el que los críticos quedan deslumbrados, calificándolo de “una denuncia del aplastamiento del hombre por la masificación de los medios de producción” o “una interrogación interdisciplinaria de unos personajes tipo que reaccionan contrariamente a lo que cabría esperar”. Así que finalmente la película, contra todo pronóstico, resulta ser el mayor éxito de la XVI Muestra Internacional de Cine de El Masnou.

 

Recomiendo esta historieta con todo mi corazón. Además la tienes en cualquier tienda de tebeos, dentro de la colección Olé! Superlópez, es el número 9. Creo que cuesta 3 ebros o asín, no lo sé; mi ejemplar está todavía en pesetas.

¿Y qué es una script girl…?

El imperio de los sentidos

24 de Julio de 2007

Sada vagó alrededor de Tokyo durante cuatro días llevando en la mano la parte de Kichi que había cortado de su cuerpo. Quienes la detuvieron quedaron sorprendidos por la expresión de felicidad que irradiaba su rostro. El caso impresionó a todo el Japón y la compasión del pueblo hizo de ella una mujer extrañamente popular. Estos sucesos ocurrieron en 1936.

Siempre he tenido interés en todo aquello que camina por el lado oscuro del sexo. Las oscuras pulsiones que me dominaron durante mi despertar generador (y que todavía me visitan alguna que otra vez), unidas a la tramposa y pelmaza “liberación” sexual actual (que parece empeñada en convertir las relaciones sexuales en una especie de gimnasia y en convertir a los individuos en esclavos del mercado sin esperanza alguna) me han invitado a mirar hacia el fondo de ese terrible abismo, sin haber llegado nunca a lanzarme. Los libros de Sade, los manga de Maruo, los fríos y asépticos (quizá demasiado para mi gusto) tebeos de Miguel Ángel Martín, o películas como El imperio de los sentidos, como saben ustedes, exploran esos oscuros parajes.

El otro día me sumergí en su visionado por primera vez. Recuerdo que mis padres tenían entre sus estanterías una enciclopedia del cine en dos tomos, que dieron en Diario 16; en mi turbulenta sexualidad emergente, y puesto que sin Internet era mucho más difícil encontrar materiales sugerentes, las imágenes de Silvana Mangano, Corinne Cléry o Béatrice Dalle me envarillaban de lo lindo. Pero sobre todo, había una de Eiko Matsuda y Tatsuya Fuji en una escena cumbre de esta polémica película de Nagisa Oshima: ella montada sobre su miembro, con la boca entreabierta y los ojos cerrados, al tiempo que estrangula a su amado. Y además, con el chochito sin afeitar. Mano de santo, of course.



Eros y Tanatos, decía el pie de foto. El impulso tanático llevado a su consecuencia última: castración, muerte. La mantis religiosa devora la cabeza del macho durante el coito; Sada corta el pene de su amante porque está tan obsesionada con él que nunca podrá dejar de desearlo. Nunca podrá satisfacer su deseo devorador, y llevada por ese impulso de destrucción y anulación del cuerpo que late en el fuego sexual, ha de seccionarlo y hacerlo suyo de la manera más cruel y definitiva. Las Ménades y Orfeo, Edipo Rey, Erzsébet Báthory… muerte y sexo, terriblemente unidos desde milenios atrás, desde los primeros estertores.

¿Alguna vez sus amantes les pidieron un estrangulamiento? ¿O unos buenos azotes y bofetadas? Yo he llegado a la conclusión (por la reiteración de este tipo de situaciones) de que es de lo más común. Quizá me equivoque; en cualquier caso nadie sabe lo que pasa en alcobas y picaderos. Las encuestas sobre sexo son lo más absurdo que existe y pensar que eso puede acercarse a la verdad es de una ingenuidad extrema. ¿Nunca he dicho que odio las jodidas encuestas? ¡Qué asco! 

Algo que no se comenta jamás dentro del discurso de la liberación sexual es el monstruo devorador en que puede llegar a convertirse el sexo si se convierte en el centro absoluto de una vida. Esto no tiene nada que ver con la represión, sino con un cierto dominio de uno mismo (nada fácil…). Mucho me temo que el género masculino tiene todas las de perder en este sentido y me basta cualquier noche para reafirmarme: veo a todos los hombres convertidos en cerdos y cayendo presas del clásico juego femenino: “mírame las tetas… pero no me las mires” (a no ser, claro, que tengan dinero para saltarse esa parte).  Es algo triste y deprimente ver sus caras tras el fracaso, cuando ya saben que tendrán que terminar su noche con un pajote castellano frente al PC. Puros desperdicios de simiente. Sí, a mí eso me ha pasado más de una vez, pero ya estoy cansado de esa mierda. Que se jodan todos.


 
En cuanto a El Imperio de los sentidos, es cine erótico (o pornográfico, me importa un bledo) con mayúsculas. Se ven tetas, coños, pollas y fluidos en todo su esplendor. En Japón estuvo prohibida hasta el año 2001, supongo que por lo explícito; allí todas las películas porno, por lo menos las legales, llevan “mosaico” y pixelan los genitales, no importa el grado de perversión alcanzado. En una ocasión vi una escena de una de ellas, que consistía en un concurso de vómitos. Una de las chicas intentaba potar los fideos sin éxito y reía todo el rato, mientras otra zoomórfica muchacha sacaba como toneladas de materia de su pequeño cuerpecillo. Sus coñitos estaban pixelados en todo momento.

Huelga decir que me pasé toda la película empalmado. Los hoyuelos de la Matsuda (Sada), su piel blanca, sus dientecillos de conejo… La escena en la que se pone en cuclillas como una gallinita para “poner” el huevo que Kichi-san le ha metido en el coño, la muy excitante mamada que le hace sin decir ni una palabra… todo ello consiguió mantener mi verga enhiesta durante la totalidad del metraje. La carne huele, suda, el calor se extiende por las habitaciones. Nada se oculta, y sin embargo se aleja muy mucho de la pornografía prostética, con sus primeros planos ginecológicos y su total y absoluta carencia de morbo.

Lo raro es que no me hiciera ni una paja, ¿será que empiezo a controlarme? Ja, ja, ja.

Yo… soy… Tetsuo

22 de Abril de 2007

"El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar"

André Breton, Segundo Manifiesto Surrealista, 1930.

Una mezcla de repulsión y fascinación me sacuden el organismo estos días, con la noticia de la matanza de Virginia Tech; me he quedado hipnotizado al ver las fotos de este überpajero coreano con un martillo (esa en concreto, como ya se ha visto en los medios, recuerda a una escena de la delirante Oldboy) o con la pipa en la sien, apuntando a la cámara, etcétera.

 

El motivo por el que Cho Seung-hui decidió coger la Glock y liarse a tiros con todo lo que se moviera es espinoso y complicado, sobre todo para muchos intereses creados. Así que, mucho me temo, no se va a profundizar en el meollo del caso; no se hizo cuando ocurrió lo de Columbine y no se hará ahora. Por tanto, aunque sea lamentable, no creo que sea muy arriesgado decir que volverá a repetirse, aunque también es cierto que la violencia se da a escala global y que vivimos en una especie de barbarie generalizada. ¿Tan extraño es que ocurra esto?

Cuando iba al instituto, Cho era blanco de burlas por su nacionalidad, por su inglés defectuoso y por su extraña manera de hablar. En Asia él y su familia sufrían penalidades económicas, así que se trasladaron a Estados Unidos para intentar mejorar su situación. Probablemente ya se habría formado en su Corea del Sur natal gran parte del pajerismo terminal que le caracterizaba. Pero tener que ver todos los días los Mercedes con llantas de 19 pulgadas por el campus, las sonrisas perfectas de los atletas, y todas las chicas torciendo el morro ante su presencia, acabó por crear una amarga y letal pelotita de celos, odio y resentimiento.

Después de todo eso no he podido evitar pensar en cuántas veces he deseado machacar a los cabronazos que me jodían la existencia en el colegio. Nunca he recibido palizas ni ningún daño físico importante, a diferencia de otros, pero fue bastante coñazo tener que soportar durante varios años, día sí día también, el acoso de esos subnormales. Recuerdo esa angustia en el estómago constante, mirar por todos los lados en el camino de vuelta a casa, o esconderme por los rincones del edificio para que no me vieran. Y a pesar de que después toda esta tensión se relajó (odiaba todavía más el instituto, pero tenía que sobreponerme o dejarme hundir del todo), la verdad es que algo de toda esa basura acaba quedando. Se quedan neurosis, inseguridades… bah.

 

Supongo que, en parte por lo asiático, me ha venido a la cabeza el personaje de Tetsuo Shima, el mutante de Akira. Esta es una de las películas que mayor impresión me ha causado, pese a que la reconozco bastante fallida (el manga es mejor narrativamente hablando; por lo menos se puede seguir). Pero nunca, nunca olvidaré la primera vez que la vi; tendría siete u ocho años y no sabía qué es lo que me iba a encontrar. No entendí absolutamente nada del argumento, pero esas imágenes hiperviolentas e hipercinéticas se me quedaron grabadas para siempre. La volví a ver cosa de once o doce años después y volví a quedar fascinado. La animación, mucho más fluida que la media japonesa, seguía siendo increíble (y lo sigue siendo ahora) a pesar de los avances técnicos desde que se realizó. La banda sonora, a cargo del colectivo Geinoh Yamashirogumi, es gloriosa y potencia la sugestión de la imagen hasta extremos épicos.

Cho se da un aire a Tetsuo, que es el pringado del grupo de motoristas, el canijo del que todos se ríen. Hasta que viene todo el rollo de los poderes psíquicos y destruye todo lo que encuentra a su paso: tanques, edificios, toda la ciudad de Neo-Tokio. Tetsuo es infinitamente más cool que Cho, de eso no cabe la menor duda. Además, por si fuera poco, se transforma en un monstruo-bebé de órganos extraños y cables que crece y crece hasta ser absorbido por una energía superior (Akira) en un demencial final apocalíptico. No, no hay ni punto de comparación. Cho es un producto patético, pero real, de una sociedad profundamente enferma e hipócrita (que nos empeñamos en copiar en todos sus peores aspectos); y Tetsuo es producto de la imaginación del gran Katsuhiro Otomo.

Me quedo con Tetsuo, pero de lejos. ¡Kaneeeedaaa!

300

24 de Marzo de 2007

Ayer fui a ver 300. No sé por qué ese empeño en ver las películas justo el día en que las estrenan, con todas las incomodidades que eso conlleva (principalmente, la lógica avalancha de gente y -oh, cómo los odio- los no tan lógicos “narradores en tiempo real” que acostumbran a describir en voz alta lo que se está viendo en la pantalla; aunque estos te pueden tocar cualquier día). Pero bueno, como la película me daba un poco igual, pues nada, allí me arrastraron, con otras siete personas. A mi me tocó el peor asiento de la fila.

Cosa extraña, todos mis acompañantes coincidían en que la película era estupenda (o eso es lo que dijeron, al menos). “Está guay, entretiene” “A mí me ha gustado muchísimo” “Hay bastantes hostias.” Pues sí, eso sí, lo concedo, hay hostias. Hondonadas de hostias. Yo diría que la película es un verdadero catálogo de hostias, y casi todas ellas a cámara lenta, lo que debe suponer más o menos el 80% del metraje, alrededor de dos horas en total (como dijo un amigo: “esta película a velocidad normal se queda en media hora”).Y es que es eso, no hay nada más. No hay épica, no hay emoción, todo es cartón piedra, un coñazo coreografiado y esterilizado, carente de cualquier cosa que pueda a uno arrugarle los huevecillos. Esta película es a la Batalla de las Termópilas lo que un decorado de Terra Mítica pudiera ser a la Acrópolis de Atenas.

No he leído el cómic, pero es que no soy muy fan de Frank Miller; supongo que es bueno, pero a mi no me gusta lo que hace y los superhéroes me la sudan, con lo que no puedo apreciar sus célebres obras sobre Batman, lo siento. En fin, todos tenemos nuestras fobias, oigan. Sin embargo, sí que lo estuve ojeando así por encima y parece ser que la película le es muy fiel, probablemente demasiado. Los mismos colores bajados de tono, decorados, encuadres, etcétera. Quiere ser un tebeo filmado, pero un tebeo no es una película; son lenguajes diferentes y considero que eso es algo que los señores de Hollywood deberían tratar de comprender, así en general, y no lo digo sólo por esta -300.

Volviendo a lo que es el alfa y el omega de la película, las hostias, a mí las hostias en sí no me disgustan. Pero lo que sí me disgusta un poco es ver una carnicería en pantalla y sentir que si estuviera viendo a una mujer haciendo calceta, la emoción sería mucho más intensa. Ni siquiera es una violencia estetizada y hermosa, como ocurre en algunas películas asiáticas; es cutre y hortera. En realidad, todo ello es, en suma un completo y absoluto desperdicio de celuloide. ¿Por qué? Porque no me gusta nada pagar seis eurazos del ala para quedarme igual que estaba antes de verla. Si una película no logra causarme ningún efecto, tengo derecho a considerarla, sencillamente, una pérdida de tiempo. Bastante más me impresionó hace poco el Psychopathia Sexualis de Miguel Ángel Martín.

 John Wayne Gacy en acción

Y empiezo a pensar que ahora mismo estoy perdiendo de nuevo el tiempo, aquí hablando de esta puta mierda. Por cierto, quiero hacer mención especial al Rey Jerjes, divinísssimo del coño, pero de verrrdad; un cruce entre un cuadro de Gustave Moreau y un desfile de Chueca. Jo, jo, jo, todavía me estoy riendo…  

Queridísimos verdugos

18 de Febrero de 2007

Basilio Martín Patino es un outsider del cine español. Desplazado del foco de atención y poco amigo de apariciones públicas, ha realizado su cine libremente, al margen de presiones y coacciones por parte de productores, censores y demás parásitos. En varias ocasiones tuvo que recurrir a la clandestinidad para realizar sus películas, o como él dice: "esperar a que muriesen ellos. Jamás volvería a pasar por la humillación de presentar una película mía a la censura. Las películas sobreviven a los dictadores”. Es comprensible que se sintiera humillado al escuchar perlas como estas de las bocas de los amos del tijeretazo: "En la escena en que aparece un tren echando humo, que pase el tren, pero que no eche humo, porque ensucia el paisaje ya de por sí feo de Castilla". (?) En suma, Patino es un personaje a descubrir. Yo estoy en ello.

No me he recuperado todavía del visionado de Queridísimos verdugos (rodada en 1973 y estrenada en 1977). Las imágenes de la película me han sumido en un shock profundo y me tienen obsesionado. El espectáculo que ofrece es insoportablemente real, una pesadilla de cinéma-vérité que ni la imaginación más retorcida superaría. Ahí están los tres verdugos oficiales del régimen franquista, los que se llaman a sí mismos eufemísticamente “ejecutores de sentencias”: Antonio López Sierra, Vicente Copete y Bernardo Sánchez Bascuñana. Hablan de su profesión ante la cámara –no sé cómo se las arregló Patino, pero se deja entrever que hubo algún tipo de gratificación- y lo hacen mientras se toman tranquilamente unos finitos en un típico y tópico mesón. Al fondo se ven unas tinajas pintadas con toros, la bandera española y un mensaje que dice: “El Mesón de Los Castúos agradece su visita. Nuestra casa es la sulla. Sea bien venido a ella.” Hablan con pasmosa naturalidad, como si lo suyo fuera pintar casas o recoger cebollas. “Hay que hacerlo para poder comer, porque la vida está cada vez más peor”, sentencia Antonio.

Bernardo Sánchez, el decano del “colegio de abogados”, como señala irónicamente Vicente, es quizá el más inquietante de los tres. Un andaluz que recita sus ripios y pareados ante los otros dos analfabetos y parece presumir de ser algo más instruido. “¡Tenemos un poeta!" La realidad es que, a pesar que el niño Bernardo quería estudiar, su padre siempre trató de disuadirle. ¿Cómo? Moliéndole a palos cada vez que le veía con un libro, por supuesto. Se escapó de su casa a los doce años. No es necesario extenderse en detalles biográficos, digamos simplemente que nunca le sonrió la fortuna. “La vida es un valle de lágrimas” repite todo el tiempo, como lo haría un Miguel de Mañara. Su terrible mirada -llena de asco y amargura, como no he visto jamás- ya lo dice todo. He visto algunos relatos en Internet que cuentan que Bernardo era una figura solitaria, que se paseaba siempre con su sombrero y un abrigo largo, hiciera frío o calor. Y era solitaria porque su condición de verdugo no resultaba nada favorable a la hora de entablar relaciones con los demás: a pesar de sus exquisitos modales y sus esfuerzos (invitando a todo el mundo a copas) no lo conseguía. La gente rechazaba la invitación y se esfumaba disimuladamente. No querían tener nada que ver con él. “Ahí va el verdugo” decían los lugareños con una mueca de desprecio, al ver aparecer su sombrero bajo el sol de las Alpujarras.

Lo realmente espeluznante es darse cuenta de que los verdugos son a su vez víctimas: víctimas de la necesidad y de una sociedad que los ha excluido y marginado. Gente que se ha visto obligada, sumidos en la desesperación y mordidos por el hambre, a hacer el trabajo sucio del aparato de “Justicia”. La gran mayoría de veces, ellos están hechos de la misma pasta que el reo. Foucault ya hablaba, por la misma época, del matiz de clase que subyace en la idea de Justicia que manejamos, y en esta película se puede comprobar con una claridad aplastante. Aunque también hay casos como el de Jarabo,  un famoso psicópata con un perfil bastante distinto a la mayoría. Su robusto cuello supuso un duro obstáculo para el pequeño Antonio, que, borracho perdido, estuvo horas luchando con la manivela. “La muerte fue espantosa”, cuenta un testigo.  



Particularmente horrible también es el testimonio del médico psiquiatra José Velasco Escassi, describiendo con detalle la ejecución de Monchito, un retrasado mental. Monchito trabajaba en un taller mecánico y quería casarse con su novia, pero no tenía dinero para hacerlo. Así que se le ocurrió asaltar a una anciana en su casa. Lamentablemente, al ser descubierto, arremetió contra ella y la asesinó. La descripción que el pobre hombre hace de la ejecución del “pobre infantiloide”, a punto de romperse, corta el aliento. Monchito dice, sin oponer ninguna resistencia frente a todos aquellos que le llevan al patíbulo: “Mañana estaré jugando a los bolos con los angelitos”. No hubo clemencia. El doctor concluye: “Nunca se me olvidará la sensación de conducir el patíbulo a un hombre inerte. Como hombre libre, me sentí sucio, manchado. Todos éramos los verdugos; el único puro, limpio, era el reo”.

En otra ocasión, cuando Antonio López hubo de llevar a cabo la ejecución de la famosa envenenadora de Valencia en la cárcel La Modelo (en 1957) no sabía que se trataba de una mujer. Al ver su rostro, se puso muy nervioso, tuvieron que inyectarle tranquilizantes y llevarle a rastras hasta el lugar donde había de cometerse el crimen oficial. Esta penosa escena fue la que inspiró la película de Berlanga, -y del grandísimo Azcona, tengo que decirlo- que supone otra mirada distinta acerca del mismo tema, bajo un prisma algo más humorístico, aunque –cómo no- negro negrísimo. Pero esta ya es mucho más conocida por todos.

Antonio López pasó sus últimos días mendigando, en la miseria más absoluta. Se había quedado sin trabajo. Rechazó los tres millones que le ofrecieron por una entrevista. Puedo imaginarlo recogiendo leche y fruta para los niños de la familia que le dio techo, como un fantasma de otro tiempo, con un peso descomunal sobre sus espaldas. Nada menos que veintiocho cuellos rotos, convertidos “en un acordeón” o en el “badajo de una campana”. Era, sin duda, un peso demasiado grande para un hombre tan pequeño. Vean este artículo para más detalle.

Y la película, por supuesto, pero ya les digo que es fuerte. Yo tuve que ponerme Sabrina para atenuar un poco el cebollazo…

No consigo meter el vídeo directamente aquí, pero en este enlace está la película completa en streaming. 

Sade y sus cosas

27 de Diciembre de 2006

Leo La philosophie dans le boudoir (La filosofía en el tocador) del Marqués de Sade. Es un drama pedagógico subvertido, donde una jovencita de piel blanca y fresca es "encauzada" por parte de unos libertinos. Sumamente interesante por su exploración valiente y controvertida del lado oscuro de la fuerza. Sigue siendo muy fuerte, sigue siendo incómodo, pese a que se supone que vivimos en una época de liberación sexual (que en realidad quiere decir, y eso mucho mejor lo expone Houellebecq, que el sexo ha entrado en la dinámica del mercado)

Exponer a cualquier individuo que se considere a sí mismo "liberal", en cuanto a sexo se refiere, las tesis de este libro –no defenderlas ni recomendarlas, simplemente exponerlas- es casi siempre comprobar lo estúpido que es el término “liberal”. Detesto profundamente ese término y todo lo que oculta o pretende ocultar, esto es, ante todo: conformismo, comodonismo, papanatismo, incluso mojigatismo, amén de otras muchas cosas en las que prefiero no entrar ahora.

Esta obra no es ni más ni menos que un producto de la Ilustración, de la explosión racionalista de Diderot, Rousseau, Voltaire y compañía.  Aquí se trata de liberar a la razón de muros y cortapisas, que sea la luz que alumbre el camino al desarrollo de nuestros más bajos instintos reprimidos bajo la mesa camilla judeocristiana (contra la que Sade se ensaña de manera particularmente insistente) Así, este teatrillo de perversiones, violencia, parafilias e inmoralidad, resulta de poner la razón en primer plano, pero para romper su himen inmediatamente después; no por nada se produjo su reivindicación por parte de los surrealistas.

Cuando tenía 12 o 13 años y mis hormonas estaban empezando a salirse de madre, me encontré un día con Justine entre mis manos. Naturalmente, mi curiosidad me impulsó a leerlo. Estaba plagado, como todos sus libros, de escenas pornográficas; las imágenes que allí se describían me inflamaron y tuve una erección inmediata. Por aquel entonces, a las chicas de mi clase comenzaban a crecerles los pechos y yo me sentía totalmente dominado por el deseo, que se crecía con la imposibilidad de obtener su objeto… era consciente de que nunca los vería desnudos ni los tendría entre mis manos; todavía quedaban unos cuantos años para que hacerlo fuera normal. Esta tensión acabó produciendo en mí un ansia descomunal de poseerlas. Por la noche se me aparecían imágenes increíblemente obscenas, de erotismo delirante y violento. Quizá si hubiera tenido una educación religiosa la culpa me habría abrumado. Por suerte, no fue el caso y en un quítame allá esas pajas todo quedaba solucionado. Como dice el protagonista de una de los novelas de Houellebecq -no importa cuál porque en todas es el mismo- “cuando los hombres escupimos el chorrito nos quedamos muy tranquilos”.

 Pedro Machuca, Virgen del Sufragio

El momento del orgasmo es imposible de racionalizar. Es un instante de muerte, la mente se vacía por completo, el homo sapiens queda convertido en un objeto presa de estertores animales. ¿Qué no es uno capaz de hacer entonces? Si ese breve bocado de muerte se alargara indefinidamente, ¿qué es lo que ocurriría? En este momento, me viene a la cabeza la imagen de una humanidad poseída por un orgasmo continuado, copulando y asesinándose mutuamente para alimentar su lujuria; un Apocalipsis sádico. Nada podría asegurarnos su imposibilidad.

Pero pese a ese período de fantasías violentas y al aburrimiento que me produce el sexo convencional, nunca me ha gustado hacer daño, o por lo menos sin la aprobación del otro. Las fantasías que aparecen en los libros de Sade pueden ser sugestivas pero nunca las pondría en práctica, porque violan el espacio ajeno. Desentenderse del dolor que el otro sufre para aumentar el propio placer se parece demasiado al ejercicio del poder. Esto que digo queda perfectamente representado en la que es, por lo que a mí respecta, la experiencia cinematográfica más traumática que jamás se haya parido: por supuesto, me refiero a Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Ninguna película muestra el horror de forma tan cruda y directa. Olvídense de cosas como Flower of Flesh and Blood, Holocausto Caníbal o Braindead. Esta alegoría fílmica de la brutalidad del poder, si es que son capaces de verla entera, permanecerá en sus mentes mucho más vivamente que esas alegres e inofensivas gorefests.
 
En cualquier caso, haga lo que haga cada uno con su vida, ahí están las obras de Sade, para quien quiera abrir por unos momentos la puerta que lleva hacia ese monstruo que la cultura occidental, cobarde e hipócrita, rara vez se ha atrevido a mirar cara a cara. ¡Yo te saludo, Divino Marqués!

Kenji Mizoguchi

21 de Diciembre de 2006

¿Quiere usted que hable de mi arte? Es imposible. Un director de cine no tiene nada que decir que merezca la pena ser dicho.  (…) Digamos que un hombre como yo siempre está alentado por el clima de la belleza”

Vuelvo a ver Cuentos de la luna pálida (1953), la película más popular de Kenji Mizoguchi.

La he visto varias veces, cosa que no hago con muchas películas; en realidad, ni siquiera me gusta el cine. He de decir antes que nada que soy un niponófilo sin remedio; mi fascinación por ese país y sus habitantes siempre ha sido intensa. Me interesa tanto el Japón antiguo como el moderno. Nunca he estado allí, pero desde luego me encantaría permanecer unos meses cada año para reposar de esta ciudad, tan provinciana, ruidosa y vulgar. Además, no poder hacer sushi con arroz La Fallera es un palo.

Ah, (suspiro) Japón y sus gentes…me gustan sus modales exquisitos, su comida, su idioma, y también sus mujeres. Aunque me he dado cuenta de que muchas tienen los dientes hechos un Cristo, lo sutil, elegante y femenino de sus gestos y mohínes son suficientes para provocarme una excitación sublime, o en su defecto, una trempera sagrada. Podría cantar en esos momentos algo como lo que cantaba el Zurdo:

"Mi dulce geisha / es sumamente amable / tiene dos luces oblicuas / que sonríen cuando mira / le gusta el pescado crudo / y sabe artes marciales / y su conducta amorosa es muy imaginativa”

Mizoguchi es uno de los directores clásicos del Japón, no tan conocido como Ozu o Kurosawa (se ha perdido la mayoría de su obra) pero basta con ver una o dos películas para ver que es un peso pesado, un artesano genial.

 

Sus películas son lentas, sí. “Un plano, una escena”, viene a ser su divisa. Pero no se trata de una masturbación gratuita y autocomplaciente, sino que es parte integrante de su estilo inimitable. Es observación paciente, detenida, de los gestos. Elegante como una geisha. Cosas como ésta indicaba el tirano Mizoguchi a su abnegado guionista, Yoshikata Yoda:

“Debes poner el olor del cuerpo humano en imágenes. Describe para mí lo implacable, lo egoísta, lo sensual, lo cruel. No hay nada sino gente repugnante en este mundo.”

Uno puede imaginarse a Yoda cagándose en su puta madre, pero más se cagarían aún los que debían mover una pieza del decorado de varias toneladas unos pocos centímetros, todo ello para lograr el equilibrio deseado por el despótico director. Sencillamente, buscaba la perfección, y no podemos reprochárselo.

Ozu todavía es más zen, pero no acabé de ver ninguna de sus películas. Mizoguchi es Ukiyo-e 24 veces por segundo. Hiroshige, Hokusai, teatro , Shibui. Maestría visual, sin artificios ni efectismos. Simplemente eso, maestría, estilo, dominio, elegancia.¿Te aburres y te dan ganas de levantarte a por galletas? Peor para ti. ¡Imbécil!

Sus películas están hechas bajo las claves del melodrama: lucha de opuestos, determinismo fatal, etc. Normalmente se inspira en obras literarias; Cuentos de la luna pálida está basada en tres cuentos de Akinari Ueda, escritor del s.XVIII. También en otro cuento del gran Guy de Maupassant, Décoré, sobre un burguesote gabacho que quiere la Legión de Honor a toda costa, pero cegado por su codicia no se da cuenta de que su mujer se la pega. En la película, tenemos al personaje de Tobei, algo parecido a un tonto del pueblo que está loco por ser un samurai.

 

Es una Odisea con moraleja de sabor budista: es preciso despegarse de las ilusiones vanas. Genjuro, el protagonista, se deja llevar por la codicia. Cuando todo parece ir bien,  aparece la princesa, una Circe misteriosa, encantadora de hombres, femme fatale. Es la perfección materializada, debe seguirla, no puede apartar los ojos de ella. Pero, ¿es acaso la perfección posible?

El momento en que la Princesa Wakasa aparece entre los vivos, a la luz del día, como una alucinación, es probablemente uno de los momentos más impresionantes que recuerdo en una película. También la entrada en el palacio, y el retozar en el jardín, que se siente como un verdadero Edén. Hay aquí una mezcla de relato fantástico y realidad, bastante rara en Mizoguchi, que prefiere normalmente un enfoque más a ras de suelo (por ejemplo, en la Vida de Oharu, en algunos aspectos superior a ésta). Pero como dice el kokin-shu (una recopilación de poemas Waka del siglo X):

 

 

                                                      “La realidad,

                                     en el fondo de la noche,

        no es más material que el sueño luminoso.”