Entrevista con Ángel González García

16 de Abril de 2008

Esta entrevista, realizada al profesor Ángel González García, apareció el pasado 5 de abril en El País. Llevo dándole vueltas durante varios días a algunas de las cosas que comenta en ella. No estoy de acuerdo con todo lo que dice: no comprendo por qué asocia la esperanza a las discotecas, a no ser que lo único que pretenda con tal asociación sea fastidiar a ese sector mamarrachoburgués e histérico de devotos incondicionales de Adorno que pueblan el mundillo artístico). Le invito a que visite una discoteca de extrarradio; verá cómo cambia rápidamente su percepción de estos templos del sonido.

Sin embargo, celebro que diga lo que casi todo el mundo siente pero no se atreve a decir: el arte, en la mayoría de los casos, se ha convertido en una payasada monumental.

Ahora mismo estoy leyendo, de este mismo señor, El resto: una historia invisible del arte contemporáneo. Trabajo me ha costado encontrarlo, pues a pesar de merecer el Premio Nacional de Ensayo del año 2001, está sólo disponible en una edición del MNCARS: por lo menos es la única que yo he visto. Hay un maravilloso artículo ahí a propósito del Cuadrado negro sobre fondo blanco, de Malevich.

Ya sabéis: la próxima vez que piséis el Guggenheim, reíd, reíd con ganas. Es lo más moderno que se puede hacer. Aunque me resisto a ello, hago un cortaypega, porque lo quiero almacenar aquí…

 

FIETTA JARQUE 05/04/2008

Una recopilación de textos del historiador del arte Ángel González propone lecturas y puntos de vista inusuales sobre la práctica artística. Pintar sin tener ni idea reclama una experiencia corporal con la creación, las sensaciones de estar físicamente en el mundo

Pintar sin tener ni idea parece un título heterodoxo para un crítico e historiador del arte. Pero encaja perfectamente con la postura de Ángel González (Burgos, 1948), un pensador ecuánime y apasionado a partes iguales, lúcido y polémico. Un amante del arte en estado puro que no da demasiada importancia a las derivas actuales de una industria y un sistema que le parecen inútiles. Pintar sin tener ni idea (Lampreave y Millán) es una recopilación de textos escritos por él para conferencias o presentaciones de catálogos de exposiciones. Pese a su diversidad es posible seguir a través del conjunto varios hilos conductores que señalan por dónde van las ideas e intereses del autor. El ensayo que da título al libro se refiere a "la otra orilla de la vanguardia", como dice él, al arte creado por locos y presidiarios. Una creación que responde a un impulso ingobernable, desinteresado y fuera del sistema. El territorio por el que este profesor de historia del arte contemporáneo en la Universidad Complutense y Premio Nacional de Literatura en 2001 por su ensayo El resto transita sin ceñirse a reglas establecidas.

PREGUNTA. Una persona aislada que siente el impulso irreprimible de crear formas con las manos, ¿está haciendo arte?

RESPUESTA. En el libro hablo al menos de un par de ocasiones de ese maravilloso espectáculo que constituyen las sobremesas que se prolongan entre amigos. Cuando involuntariamente la gente empieza a manipular los restos de la comida. Las mondas de las naranjas, las migas de pan, los corchos, los alambres de las botellas de champán. Parece que la cualidad principal del ser humano es no poder tener las manos quietas. Ese irrefrenable deseo de dar forma a las cosas. Dalí publicó en los años sesenta un artículo en la revista Minotaure, que tituló Esculturas involuntarias, donde se ven billetes de metro retorcidos, trozos de jabón, figuritas de migas de pan. ¿Que esto sea de orden artístico?, no lo sé. No pretendo reivindicar lo que hacen estos presuntos artistas indoctos, lo mío es una reivindicación apasionada y hasta cierto punto insistente y violenta de la laboriosidad. Del hacer. Y del hacer manual sobre todo.

P. El homo faber.

R. La portada del libro reproduce un detalle de un maravilloso vestido de novia que una loca francesa fabricó a espaldas de sus guardianes con todo tipo de trozos de telas, hilos y trapos que encontró. Siempre me ha parecido una cosa conmovedora y emocionante. Es algo orgánico, que parecen nidos de pájaro. En el segundo de los ensayos, titulado Evidentemente, que está dedicado a los artistas videntes, pienso en estas mujeres que tejen. El trabajo del tejer. Es muy significativo que la segunda acepción de la palabra "labor", en el María Moliner, sea la de las labores femeninas, que para mí constituye el paradigma de la laboriosidad. Entre otras cosas por lo que tienen de vehículo alucinatorio, puesto que estas tareas repetitivas, monótonas, producen estados de alteración de la conciencia. Es un tema del que hablo con frecuencia, el del arte asociado a los estados alterados de la mente.

P. ¿Como punto de partida?

R. No tengo duda de que el arte en su origen fue algo asociado a la alucinación, a estados de trance. Todo esto en el arte profesional se ha olvidado, solapado, quedado oculto por muchas cosas: el sistema de aprendizaje del oficio, la ideología, las estrategias de toda índole que mediatizan el trabajo artístico. Dicho sin malicia. Y solamente en estos artistas indoctos encuentro este estado original de trance.

P. Usted escribe: "Las ideas sobran en pintura, siempre han sobrado".

R. Cuando digo Pintar sin tener ni idea lo tomo también en una segunda acepción, que toco en varios ensayos. Y es que creo que se debe pintar sin ideas. Las ideas estropean la pintura. Ideas y pintura no se llevan bien y, si lo hacen, se producen cosas abyectas o siniestras. Porque al final los pintores de ideas suelen pintar las ideas de los que mandan. Y es que la pintura se ocupa de nuestras sensaciones físicas, corporales. Para expresar ideas tenemos otros medios, uno extraordinario es la filosofía. El arte recrea las sensaciones de estar físicamente en el mundo. Es algo de orden fisiológico.

P. Lo de expresar sensaciones se ve quizá más claramente en la pintura abstracta.

R. Creo que la pintura abstracta ha tendido más hacia lo espiritual y lo ideal. De hecho, las circunstancias en que surge la pintura abstracta en Europa son inequívocas: aparece en un contexto espiritualista. El Museo Guggenheim de Nueva York, que fue el gran templo de la pintura abstracta, fue fundado y financiado con el fin de sostener, defender y demostrar la espiritualidad del arte. Aquello tiene más de iglesia que de cualquier otra cosa. Y aquí nos encontramos con otro problema: el arte y la religión no tienen nada que ver. No es que no deban tener nada que ver o que a mí me lo parezca, es que así es.

P. Pero parte de la pintura occidental nació bajo la protección de la Iglesia.

R. Sí, pero el arte que pasa por religioso no parece que satisfaga los intereses de la religión. Si piensas un poco en ello, las grandes obras de arte religioso no son nada eficaces. No se sabe de ningún buen cuadro que haya producido milagros, por ejemplo. Los milagros están asociados a imágenes horrendas. Las vírgenes de Rafael nunca han devuelto la vista a los ciegos ni han hecho andar a los cojos. ¿Ha visto alguna vez a alguien arrodillado ante un cuadro en un museo? E incluso en las iglesias, no son los mejores cuadros los que más atraen la atención de los fieles, sino los más tenebrosos en oscuras capillas. Las vírgenes más feas y los cristos más sangrientos y retorcidos.

P. Se refiere en uno de sus textos a "ese engendro llamado Historia del Arte". ¿En qué sentido lo dice?

R. Quizá lo he dicho en un sentido más inocente o candoroso de lo que parece. Creo que el arte trasciende, afortunadamente, la historia. El arte nos permite sustraernos a la historia. Sánchez Ferlosio ha dicho siempre que la historia no es más que el escenario de todos los crímenes. En esa medida, pienso que la experiencia artística es ahistórica, transhistórica. Seguramente, los hombres que tuvieron las primeras sensaciones artísticas eran iguales a nosotros. Salvo para los que están empeñados en decir que el arte tiene que ser hijo de su tiempo y que esa filiación es una cualidad. Eso no es una cualidad, es una fatalidad.

P. Hace años que se retiró de la crítica de arte en los medios de comunicación. ¿Por qué?

R. Es algo que implica muchas obligaciones, hay que trabajar con poco tiempo, a veces, en cosas que no te apetecen demasiado. Terminó por parecerme algo deprimente. Lo que acaba resultando más fácil es terminar metiéndote con la gente, es más fácil hablar mal de alguien que hablar bien.

P. ¿Pero tiene la crítica de arte hoy algún papel relevante?

R. Hay que tener en cuenta que la crítica de arte aparece en Francia en el siglo XVIII con la pretensión de proteger al público de los artistas. Críticos como el propio Diderot decían que había que bajarle los humos a los artistas, que se creían los árbitros definitivos en materia de arte, y que el público también tenía derecho a opinar. Con el tiempo, los críticos tuvieron que terminar defendiendo a los artistas. Ahora no sé muy bien qué es lo que hacen. En un momento determinado me decepcioné de esta especie de pasión por opinar constantemente sobre todo.

P. ¿Qué impresión le produce la asistencia masiva a las grandes exposiciones?

R. No lo sé, no voy mucho a museos, la verdad. Voy menos que a parques temáticos. Pero es curioso ver que el gran asunto de los parques temáticos es la historia. La historia pasada se ha constituido en el gran entretenimiento popular de nuestro tiempo: los egipcios, los mayas… Es lo que sucede con el cine y las novelas históricas. Yo no voy a museos, y no voy porque el arte está escrito en nuestro cuerpo. Donde más aprendo de arte es en el campo, viendo los árboles, el mar, los pájaros volando. Si el arte es algo es reencarnación, reorganización de esas experiencias del mundo. Un constante y sabroso contacto con la luz, con el agua.

P. ¿Los artistas han perdido ese contacto?

R. El problema de los artistas es que se han embarcado en ese disparate de hacer arte, de vivir de eso. Pobrecillos, es algo que no recomendaría a nadie. El último de los ensayos incluidos en el libro atañe a lo que digo de los museos. Intento explicar que lo que más me gusta del Museo del Prado -y en eso coincido con Tita Thyssen, aunque el artículo es anterior al encantador encadenamiento de la baronesa- son los árboles. En él no hago más que darle la razón a Paul Valéry, quien decía que, dentro del museo, uno recuerda el buen tiempo que hace fuera. Si digo eso de un gran museo como es el Prado, qué podría decirte de estos museos improvisados hechos a golpe de talonario que han proliferado los últimos años en España. Hay algo que me preocupa mucho en todo esto y es que el dinero de los contribuyentes se esté gastando a menudo con esta alegría y sin preguntar siquiera. Los millones que se han gastado en el Musac de León han salido de nuestro bolsillo.

P. ¿Cómo es que usted se indigna tanto por esto como una persona de la calle que no tiene mayor conocimiento del arte contemporáneo?

R. La gente de la calle está verdaderamente derrotada. Han sido silenciados porque les han inculcado que reírse de ciertas cosas modernas es un delito. De que hay una obligación, un imperativo moral, político, social, de ser una persona de su tiempo. ¿Por qué ha de gustarle a uno el arte de su tiempo, caiga quien caiga? La gente sencilla, a quien estaba destinado el arte -porque el arte si es algo es la casa de los pobres-, ha sido anulada. Ya no se oyen risas en las exposiciones.

 

P. Como ante la Olympia de Manet.

R. Sí. Como decía Bataille: "Se rieron con una risa inmensa". El libro contiene un extenso ensayo sobre Manet, en el que yo sostengo que la gente se reía de la Olympia porque Manet era un caricaturista. Era lo que Manet pretendía, que la gente se riera. Las últimas risas que escuché en una exposición fue en una de Bruce Nauman en el Reina Sofía, donde había un vídeo que recoge las desventuras de un payaso en un cuarto de baño. ¡El celador mandó callar a una pareja que se estaba riendo de algo evidentemente cómico! El arte se ha convertido en una payasada monumental. Una payasada a la que no deberíamos contribuir. No sé si deberíamos plantear una especie de huelga contra los museos contemporáneos, o contra los museos en general. ¿Por qué no? No tienen que ver con el arte sino con la industria de las imágenes. Es una pena que el arte, que fue concebido para hacer más grata la estancia del hombre sobre la tierra, se haya convertido en algo que es una fuente de obsesiones, de preocupaciones, manías. Y luego están todos esos artistas que se dedican a agobiarnos. Montones de artistas que se dedican a denunciar la triste situación de los pobres. ¿Pero eso a quién va dirigido, a los ricos o a los pobres? Los pobres ya lo saben, no tiene que venir un Santiago Sierra a explicárselo. El arte se ha convertido en una forma de dar caña. Como si no tuviéramos ya suficiente. Nos dan caña en el trabajo, en el museo, en casa. ¿Y dónde pasamos un buen rato? Yo siempre digo, en la discoteca. Yo les digo a mis estudiantes, mientras haya discotecas hay esperanza.

Sorolla

16 de Noviembre de 2007

Con esto de "trabajar" de guía de exposiciones te repites más que el pepino, maldita sea. Es un poco coñazo… Pero, aparte del típico personaje que se cree que lo sabe todo y va a ver a quién puede tocar las pelotas, la gente se está portando bien. Sale contenta tras mis explicaciones, y eso me hace sentir satisfecho, especialmente si son ya muy mayores…

Hoy, por ejemplo, ha valido la pena sumirme en el bucle eterno de costumbre, aunque fuera sólo por la cara de felicidad de un hombre de 80 años que además le ha dado por contarme sus peripecias (lástima que no haya tenido tiempo para escucharlo todo lo que hubiera querido, era un auténtico golferas el tío). Los trato bien y ellos me lo agradecen, es tan simple como eso.

Además Sorolla causa furor entre la tercera edad (la gran mayoría de visitantes pertenecen a ese sector de la población). Compruebo una y otra vez que lo disfrutan mucho; yo tengo que decir que aunque no es mi pintor favorito precisamente (como tampoco Blasco Ibáñez es mi escritor predilecto) tiene cuadros muy logrados, incluso deberíamos decir, siendo plenamente justos, algunas obras maestras. Ahí queda eso.

Milán

10 de Noviembre de 2007

He pasado este último puente en Milán, la capital lombarda, origen de los laureados equipos de fútbol, del arroz a la milanesa y de los diseñadores sarasas tan populares en el mundo de la escoria rosa, así como de aquellas deliciosas gomas de borrar cuyo sabor todos recordamos con una lagrimilla nostálgica. Alguien me preguntó que por qué había elegido Milán, una ciudad tan industrial, tan fea, tan cara (como si la ciudad en la que vivimos fuera el summum de los SPB… el euro nos ha esquilmado pero bien, amigos).

Le dije que la ciudad tiene más miga de lo que pueda parecer en un principio; posee un alma inaprensible, bastante escurridiza, pero ahí está. Además, existe una ventaja nada desdeñable: quizá fuera debido en parte a las fechas de mi (nuestra) visita, pero las hordas de turistas que uno se encuentra en Roma, Venecia o París no aparecen por allí, gracias a Dios. No me malinterpreten, me doy perfecta cuenta de que yo también soy uno de ellos. Hay formas quizá más y menos elegantes de acercarse a la otredad, pero no dejo de ser, a fin de cuentas, un turista más. Los viajes se han “democratizado” inmensamente en occidente y hoy día casi todo el mundo  puede montarse su viajecito por un módico precio. Y esta democratización no deja de tener cierta trampa; es producto de ella el espantoso ruido, siempre idéntico, que expande su eco entre las particularidades, luchando por borrarlas (aunque, en cualquier caso, como todos sabemos, Italia se parece muchísimo a España).

 
Pero bueno; la famosa catedral milanesa es realmente digna de verse. Posiblemente uno de los edificios más hermosos que he visto nunca. No se parece a ninguna otra… Cuando se la contempla de lejos, recorriendo el intrincado bosque de arbotantes y pináculos, cree uno estar ante un organismo vivo a punto de crecer y expandirse hacia el cielo. Las miradas de los mártires y personajes bíblicos, revestidas de dignidad clásica, interactúan en un ritmo secreto que es un verdadero placer seguir con la mirada. Aunque hay que llevar cuidado, porque siempre puede aparecer un coche de Carabinieri a 300 kilómetros por hora en una calle peatonal. Como putas cabras, de verdat he.

En la pinacoteca de Brera tuve la ocasión de admirar uno de los cuadros que más me impresionaron cuando era pequeño -plantada ya la semilla del pajero futuro- y me extasiaba con las reproducciones de los libros; el Cristo Muerto de Andrea Mantegna. Ese escorzo tan violento me maravillaba, como también el detalle profundo de las heridas en manos y pies y esa gama de colores tan apagados y mortecinos, pura muerte en toda su crudeza y frialdad. Lástima que tuviera un cristal por delante, ya que la luz se reflejaba en él e impedía apreciarlo bien… En cualquier caso mereció la pena.  Junto a ese famoso Cristo de Grünewald (totalmente extremo, con sus manos-garras mutantes y esos clavos más grandes que las orejas de Ignacio Astarloa) y el de Velázquez, situado en las antípodas con su regusto clasicista (este realmente llegó a obsesionarme en más de una ocasión, como le ocurría a Víctor Ramos en Nova-2, un tebeo rarito de Luís García).   

 
Los milaneses parecen algo más serios y taciturnos que los romanos (cosa lógica y normal, supongo, estando Milán tan cerca de la Suiza alegre y combativa) y por lo visto, por lo visto, suelen ir siempre abrigados hasta las trancas. Hacía una temperatura bastante normalita, alrededor de los 15 grados, pero todo el mundo portaba bufandas y forros polares como si estuvieran en Vladivostok. Mención especial para un hombre fascinante que merodeaba por allí, una réplica casi exacta del duce, con los calcetines por las rodillas y unas botas perfectamente relucientes, como también su cráneo afeitado a conciencia. La estación central de Milán es puro esplendor fascista también, a la par que carterista.

Por supuesto, no puede faltar la maravillosa comida italiana, una de mis debilidades. Disfruto como un cabrón cuando tengo la suerte de estar por allí, y me reafirmo en que la salsa carbonara no debería llevar nata, al menos no bajo ese nombre. Aunque es una receta romana, en Milán puede también degustarse en todo su esplendor (por ejemplo, Trattoria 50 alle Geggio en la Via Torino) y por precios digamos aceptables. La auténtica salsa de los carboneros viene a ser tal que asín: Se cuecen los espaguetis, mientras en una sartén con un poco de aceite doramos trocitos de panceta al tamaño deseado. Cuando están al dente, se escurren, se ponen en un recipiente y entonces se les echa una o dos yemas de huevo -dependiendo de cantidad y gustos; también hay gente que echa los huevos enteros pero yo no veo que la clara aporte demasiado- y también el queso (pecorino o parmesano) y se remueven BIEN para que se hagan con el calor de la pasta. Se echa la panceta, algo más de queso si se desea y pimienta al gusto. Es para correrse, amigos. ¡Ni nata ni hostias! El risotto funghi porcini también está muy bueno, aunque prefiero els arrossos valencians que són de puta mare.

Au, a fer la mà. 

Paris vaut bien une Messe

25 de Agosto de 2007

Bueno, ya he vuelto a este provinciano villorrio mediterráneo, al que últimamente le ha dado por creerse poco menos que cosmopolita. Y es que muchos de los que creen que este horror de ciudad -privilegiada en otros aspectos- podrá llegar a ser en breve una capital europea de primer orden deberían saber que eso no se consigue únicamente a base de desfalcos, obras faraónicas y talonarios… Aquí, por desgracia, hace falta un cambio algo más profundo, un cambio que tiene que ver más con mentalidades: ahora la que prima es la del detestable nuevo rico obsesionado por aparentar y endeudado hasta las cejas. Hasta la universidad es provinciana, contaminada por el nacionalismo pseudoizquierdoso de familietas de barraca (un viejo me dijo una vez que formaba parte del “pijerío desertor”). Por no decir que prácticamente ningún servicio público funciona como debería (la biblioteca municipal es una jodida vergüenza). Es una puta mierda de ciudad, y sin embargo, he de decir que aún la quiero un poco, aunque mi estima por ella disminuye a pasos agigantados. Francamente, esto ya da asco y me es preciso salir de aquí cuanto antes si no quiero volverme loco. Pero en fin, no es de eso de lo que vengo a escribir, sino de una de las –todavía- verdaderas capitales del mundo, pese a quien pese: París.

Mi visión está probablemente condicionada por una óptica más o menos “cómoda”, pero en cualquier caso, me la he pateado bastante y  he acabado captando algunas de sus esencias. Captarla en su totalidad es una tarea imposible; es una metrópoli desbordante, llena de secretos ocultos en cada uno de sus rincones, de caras distintas y enfrentadas. Sí, es una ciudad triste, mortalmente triste y melancólica (dos tipos se tiraron a las vías del metro en tan sólo dos días mientras estuve allí), pero precisamente esa melancolía, ese silencio, esa discreción me hace sentirme más a gusto que entre los gritos y la grosería propios del carácter de aquello que llaman “pueblos latinos”. Yo no debería haber nacido español, pero ¿qué le vamos a hacer? Me gusta la fiesta, me gusta beber, me gustan las mujeres pero no España (las mujeres españolas sí). Las zonas más destartaladas son más o menos como en cualquier parte, pero esos grandes paseos, bulevares, jardines, bibliotecas, librerías, cafés… son, sencillamente, superiores.

 Centro Pompidou
Me he hartado de pasearme por esos fascinantes cementerios del arte llamados museos… hay muchos para elegir, incluso demasiados; personalmente, de entre todos los que he visitado me ha entusiasmado el centro Georges Pompidou. El edificio, obra de Renzo Piano y Richard Rogers, me encanta. Toda la estructura del edificio está a la vista, con toda esa maraña de tubos metálicos como salidos de un manga de Otomo, coloreados en base a la función que desempeñan (azules para el aire acondicionado, verdes para el agua…) y las escaleras en tubos transparentes. Su frío, minimalista y pulcrísimo interior me regocijaron muy mucho. Por otra parte, la colección es muchísimo más vasta de lo que yo tenía en mente… prácticamente todos los artistas relevantes del pasado siglo XX están representados en ese museo: desde Chagall a Yves Klein, pasando por Lucio Fontana, Georges Rouault, Jean Dubuffet o Juan Gris. Además, por allí se paseaban (París está plagado de orientales) algunas japonesitas modernas y sofisticadas con vestiditos de colores, mirando las obras con sus encantadores luces oblicuas y cuya fragancia embriagadora y natural (nada de litros de perfume como hacen algunas francesas) me invitaba a seguirlas tras sus pasos, silenciosos y elegantes.

 Museo de Orsay
Además del Pompidou, me gustó mucho el Museo de Orsay, una antigua estación reconvertida en 1986, y el Musée Cluny, colección de arte medieval contenida en unas termas galorromanas, bastante más descongestionado de visitantes que otros, y donde se expone el bellísimo tapiz de la Dama y el Unicornio. El Louvre, el museo más visitado del mundo, es una barbaridad, una auténtica casa de saqueo, con piezas de enorme valor diseminadas por los inmensos e inacabables pasillos, y por supuesto atiborrados hasta los topes de turistas. Por suerte, está bien organizado y la avalancha se reparte entre los diversos accesos. Entré tres veces, con el pase para museos, y sin colas de ningún tipo.

Merecen una mención también los cementerios, pero esta vez los de personas. Estos lugares deberían de ser frecuentados mucho más a menudo, pues nos recuerdan nuestro inevitable final, y por ello suponen un buen lugar para meditar, para estar en paz, para minimizar tragedias o también, por qué no, para revalorizar el presente (lo único que, hasta cierto punto, existe). Lo que pasa es que los cementerios españoles siempre me han dado un mal rollo considerable. Sin embargo, en los remansos de paz de Montparnasse, Montmartre o Père Lachaise, un halo romántico recorre las avenidas llenas de árboles y personajes ilustres (Serge Gainsbourg, Oscar Wilde, Jim Morrison, Joris-Karl Huysmans, Gérard de Nerval, E.M. Cioran, Charles Baudelaire…).

Cementerio de Montmartre
Todas esas lápidas cubiertas de moho contrastan enormemente con el circo que se desarrolla en el centro mismo de todo el meollo, la zona de Champs-Élysées, la de los ricos de verdad (nada de proletarios ahogados por el pago de su Audi A6). Aquí, las limusinas de los jeques petroleros pueden aparcar donde les salga de sus huevos dorados… ¡Qué puede importar a ellos una simple multa! Veo un Aston Martin Vanquish, un Ferrari, un grupo de esclavas árabes esperando con sus bolsos de Vuitton o Prada; más allá, dos jóvenes rubias y perfectas, cargan bolsas de Dior y otras tantas firmas de prestigio. Deben haberse gastado una pasta, probablemente varios miles de euros. Parece como si hubieran sufrido una lobotomía y ríen como idiotas mientras, supongo, comentan las mamadas que realizan diariamente a sus dueños. A pesar de su “perfección” me doy cuenta de que no me atraen lo más mínimo y de que apestan a perfume una barbaridad. La dulce y simpática gordita letona que está de recepcionista en el hotel, o cualquiera de las discretas y elegantes niponas que invaden la ciudad me inspiran cien millones de veces más que esas putescas concubinas sin morbo.

Las escaparates de las tiendas de superlujo a lo largo de la Avenue Montaigne (¡que un sabio como él dé su nombre a este lugar…!) están protegidos por una valla y un pequeño espacio cubierto de césped. En la puerta, tipos de negro con cara de muy malos amigos vigilan apoyados en la puerta, dispuestos a rechazar cualquier elemento extraño que ose meter la nariz por allí dentro. Todo esto me acaba repugnando y me largo de ahí con el deseo de que las masas negras del extrarradio provoquen una Jacquerie de padre y muy señor mío, que quemen todos esos escaparates inmundos, que arda toda esa basura sin sentido.  

Pigalle...

No subí a la torre Eiffel, ni me atrae particularmente esa torre ni tenía intención alguna de esperar colas y precios tan exagerados. Preferí subir a la Galería de las Quimeras en Nôtre-Dame, donde las gárgolas de Viollet-le-Duc contemplan ensimismadas la enorme ciudad que se extiende ante ellas, hasta los límites donde se cuece el futuro de Europa.

Una vez aquí, pese a todo el dolor de mi corazón, me alegro de que esté lloviendo… una lluvia fea y grosera, sí, pero lluvia al fin y al cabo. Bastante mejor que los casi cuarenta grados de temperatura de hace dos semanas, en cualquier caso. Añoro París…

 

El Roto

22 de Junio de 2007

La viñeta de hoy: demoledora, como casi siempre. Soy un incondicional de este hombre y me parece el mejor "humorista gráfico" (aunque él no se considera exactamente un humorista) que se puede encontrar hoy en los periódicos.

ANDRÉS RÁBAGO GARCÍA (EL ROTO). Nacido en Madrid en 1947. Dibujante, guionista, pintor, escenógrafo y brillante historietista y humorista gráfico de estilo personal y sin continuidad. Con un radicalismo estético avasallador, arrasó desde sus inicios (1971) y, a lo largo de veinticinco años, se mantuvo con una maestría incontestable y con un control del mensaje sin fisuras ni rendición. Vigilante, pero sin entrar en el juego torpe y ágrafo de la industria española de tebeo, fue, también, un narrador secuencial e indivisible en publicaciones abiertas, como el tebeo renovador Madriz (1984).

Libros publicados:

  • Los hombres y las moscas (Fundamentos, 1971).
  • La cebada al rabo (Cuadernos para el diálogo, 1975).
  • Bestiario (Alfaguara, 1989).
  • De un tiempo a esta parte (Ediciones de la Torre, 1991).
  • Habas contadas (Promotion Popular Cristiana, 1994).
  • La memoria del constructor (Diputación de Sevilla, 1998).
  • La visita inesperada (Centro Cultural Conde Duque, 1998).
  • El fogonero del Titanic (Temas de hoy, 1999).
  • El pabellón de azogue (Círculo de lectores i S.A./ Mondadori, 2001).
  • Bestiario (Medusa Ediciones, edició augmentada, 2002).
  • El guardagujas (Cat. Exposición Universidad de Alcalá, 2003).
  • El libro de los desórdenes (Círculo de Lectores i S.A./Mondadori, 2003).
  • El libro de los abrazos (Círculo de Lectores, 2004).
  • Vocabulario figurado (Círculo de Lectores i S.A./Mondadori, 2005).
  • El libro de los desórdenes (Reservoir Books, 2006).

 
Semblanza biográfica extraída, cómo no, del Atlas Español de la Cultura Popular. De la Historieta y su Uso. 1873-2000, de Jesús Cuadrado. Ediciones Sinsentido, 2000. Ver para más detalles en cuanto a colaboraciones con revistas, etc… El resumen de las monografías es de la Wikipedia.

 Espero que todo el que lea esto se mire a partir de ahora, todas las mañanas (si es que no lo hacía antes), la bofetada de El Roto.

 

Nico: The Marble Index

15 de Junio de 2007

Where the statue stood
Of Newton, with his prism and silent face,
The marble index of a mind forever
Voyaging through strange seas of thought alone.

 William Wordsworth

 
Odio el verano. Nunca jamás me he sentido a gusto con el calor; no siento ninguna alegría cuando vago bajo los rayos del sol a mediodía y toda la ciudad se encuentra devorada por una luz sin matices. Por el contrario, lo que me invade es un pesado sopor que sólo invita a dejar pasar las horas con el cuerpo estirado y a conjurar, como las Vainica Doble:

“Caramelo de limón
el sol de mi país
sol de mi país, viento norte, viento triste
un arco iris sin fin
Bosques de castaños
los que siempre yo soñé
que eran marron glacé”

Pero existen maneras de escapar, de curar la nostalgia de lo que nunca se ha vivido. Existen puertas de entrada que, casi como un secreto para iniciados, nos transportan a páramos fríos y desolados, o quizá a bosques de castaños cubiertos de hielo, que son a su vez estados del alma. Para todos aquellos que detestamos las sobremesas y escuchamos extrañas llamadas tras el murmullo de las hojas, Nico grabó “The Marble Index”, “Desertshore” y “The End”. El sol la mató, en Ibiza, en 1988.

En su época de modelo 

Era una diosa. Alta, hermosa, imponente. Sus ojos, inmensos y claros, eran puro mercurio. Sus labios,un permanente mohín (véase la portada de "Chelsea Girl", las fotos con la Velvet Underground, el famoso anuncio de Terry o su aparición en “La Dolce Vita” de Fellini).  Se dice que nació en 1938, en Colonia, bajo el fuego de los bombarderos ingleses, o puede que en Budapest en 1943. Nunca le gustó su verdadero nombre, Christa. Christa Päffgen. Cuando Andy Warhol la introdujo a los demás miembros de la Velvet Underground, nadie entendía nada: ¿Cómo podía proponer este hombre como cantante a una ex-modelo con acento alemán, sorda de un oído y con una voz monótona, plana y profunda que causaba la hilaridad de todos? Pero su secreto no se revelaba tan fácilmente. Probablemente muchos piensen en Nico como “la alemana esa que cantó con la Velvet”, la que se acostó con casi todo Nueva York y parte de Los Ángeles y París o, como mucho, la chica que grabó “Chelsea Girl”. Pero eso es sólo una ínfima parte.

 

Porque “Chelsea Girl”, aunque no es un mal disco, sólo da vueltas alrededor del misterio; no permite penetrar en él. Es quizá su disco más "agradable" de escuchar: una colección de bonitos temas cedidos por Jackson Browne, Lou Reed o Dylan. “These Days” es un clásico –como la escena de los Tenenbaums donde la canción recobró atención recientemente- y los arreglos, aunque un tanto demasiado dulces para mi gusto (Nico los odió, especialmente la flauta), no están mal y tienen un regusto otoñal. Pero aquí ella es poco más que un vehículo para canciones bonitas.

“I’ve been out walking
I don’t do too much talking
These days, these days.
These days I seem to think a lot
About the things that I forgot to do
And all the times I had the chance to


I’m not sayin’ (single de 1965, versión de Gordon Lightfoot)

Es con su siguiente disco, "The Marble Index" (1968), con el que se revela su condición de sacerdotisa, su poder mágico. “Prelude”, con sonido de campanas y piano, funciona como introducción a un mundo ultraterrenal que por fin, con la ayuda de John Cale, pudo invocar. Sus cincuenta segundos de repiqueteo de glockenspiel dan paso a “Lawns of Dawn”: ¿Qué es esto? No hay nada que se le parezca. Las campanitas siguen sonando, pero el primer plano lo ocupa ya el armonio de Nico, atravesando el corazón de la canción con melodías repetitivas que desorientan, que invitan al trance y que hacen desaparecer al “mundo real” por completo. No hay batería; el sonido se expande con absoluta libertad por el espacio, no está compartimentado por beats; es el páramo, el vacío, la muerte acechando en cada una de las frases y ondulaciones.

“He blesses you, he blesses me,
The day the night caresses,
Caresses you, caresses me,
Can you follow me?”

Las imágenes que sugiere “No one is there” parecen salidas de un sueño:

I crossed from behind my window screen,
Nina is dancing down the scene in a crucial parody,
Nina is dancing down the scene,
He is calling and throwing his arms up in the air,
And no one is there.

John Cale acompaña las armonías vocales de Nico, que parece haber sido poseída por espíritus de un milenio atrás, por monjes y nibelungos. Este sonido es como un meteorito extraño en la historia de la música; liberado del corsé anglosajón, es un producto de dos sensibilidades europeas a las que no les importaba un pimiento lo que se hacía o se dejaba de hacer en el momento. No hay nada, nada que se le parezca, ni en los sesenta ni después; es clásico, vanguardista, medieval, arcano, europeo, todo a la vez. No hay forma de acomodar esto a una conciencia y convertirlo en simple música de fondo. No hay posibilidad de escapar a sus encantamientos: de hecho, lo estoy escuchando ahora mismo, mientras escribo esto; y cómo no, me siento transportado. Llega “Ari’s Song” una canción para su pequeño (el que tuvo con Alain Delon) con el armonio de nuevo cruzando los mundos y desafiando a la razón: “Now you see that only dreams can send you where you want to be”.

En “Facing the Wind” entra en escena el piano machacón tan propio de Cale, que remite a “I’m Waiting for the Man”, o "All Tomorrow Parties" pero que liberado de aquel staccato, se enfrenta al sentido del tiempo y del ritmo de Nico, que nada tiene que ver… con nada: o te dejas llevar o quitas el disco. “Julius Caesar (Memento Hodie)” es otro viaje por profundidades oníricas, por vegetaciones enmarañadas que nosotros, hombres modernos y racionales, nos hemos empeñado durante tanto tiempo en ignorar y que sin embargo nunca dejarán de formar parte de nosotros. Y es esta presuntuosa ignorancia la que nos convierte en buena medida en seres neuróticos –en el peor de los sentidos- y divididos: “Beneath the heaving sea where statues and pillars and stone altars rest for all these aching bones to guide us far from energy.” ¿Es eso un sueño, es real? Yo no puedo evitar asociarlo con los cuadros de Claudio de Lorena, donde imponentes arquitecturas clásicas reciben el baño sagrado del misterio de la naturaleza. ¿Quiénes somos nosotros para decidir que un sueño no es real? Todo es irreal o real, se puede elegir entre una posibilidad u otra, pero no son más que palabras. Nico lo sabía; por eso no hablaba casi nunca y también por eso utiliza en su obra el lenguaje como música y como herramienta reveladora de misterios.

 

“Frozen Warnings” quizá sea una de las canciones más hermosas que se han escrito jamás. Nico parece recitar una oración surgida de las entrañas de la tierra, con el armonio y la viola ascendiendo a los cielos y descendiendo hasta que has de plegarte a su magia irresistible:

“Friar hermit stumbles over
The cloudy borderline
Frozen warnings close to mine
Close to the frozen borderline”



Frozen Warnings

Fragmento de "Evening of Light" extraído de "Nico:Icon"

La canción que cerraba el disco original era “Evening of Light” (en el CD se añadieron dos outtakes, que también se encuentran en la recopilación que se ha editado recientemente, “The Frozen Borderline: 1968-1970”). Lo que parece el sonido de una mandolina o un clavicordio introduce la oración de Nico: “Midnight winds are landing at the edge of time” es la frase que se repite constantemente a lo largo del  trance, al que poco a poco se añade la viola y  que va construyendo lentamente un auténtico maelstrom apocalíptico de sonidos distorsionados que lo devora todo. De nuevo se aprecia la mano de John Cale, cuya aportación a este disco en calidad de productor no fue reconocida en su momento.

“Roses in the Snow” y “Nibelungen”, los outtakes, son otras dos piezas hermosísimas; la primera insiste en la belleza invernal y el trazo rural del armonio atravesando todo como melodía iniciática, pero lo más curioso está en la última, cuyo título está tomado del poema épico germano del s.XI y donde Nico demuestra que es capaz de cantar a capella y mantener sus poderes de sacerdotisa:

“Since the first of you and me asleep
In a Nibelungen land where we cannot be
Almond trees grow along the mountain trail
From their tongues the words are spelling
The telling numb”

No sé ya dónde estoy cuando calla su voz profunda y fascinante. Pero si sé que este disco -como también los dos siguientes que grabó- es algo extraordinario, al igual que lo fue ella. En el documental Nico: Icon, aparece un bohemio barbudo, con una cargante elegancia impostada, que despotrica contra Alain Delon –le parece un tipo vulgar, un despreciable vendedor de salchichas que no tenía la talla suficiente para estar con ella- y que sentencia, con gesto serio: “Nico no amaba a nadie y nadie amó jamás a Nico”.

Siempre fue esquiva, extraña, contradictoria, insólita, peligrosa: girando alrededor de la heroína en un eterno retorno, en su propio tiempo, nunca reglamentado ni compartimentado. Exponerse al sol de Ibiza fue una temeridad: ella portaba consigo el bosque, el hielo, el misterio; no las calles de una ciudad mediterránea al mediodía de julio. Que los dioses la tengan en su seno.

 

 

Praxíteles y otras mariconadas

3 de Marzo de 2007

Bah…no tenía putas ganas de escribir, pero de pronto me encuentro potando letritas aquí. La primavera no me sienta nada bien; formo parte de ese porcentaje de españoles que son poco amigos del polen. También me fastidian los habituales cambios de temperatura, demasiado bruscos… Debería irme a Finlandia, o a Noruega, para aburrirme y refrescarme tranquilamente y sin sentimiento de culpa. Por lo menos mientras dura la invasión mafiosa de los garrulos falleros, bajo el beneplácito de la jefa.

Pues no sé si es la visión continua de la desagradable Tita Rita, o quizá mi tendencia a salirme de madre lo que me atrae últimamente hacía el mundo clásico, más concretamente hacia las hermosas figuras de Afrodita que realizó el celeberrimísimo Praxíteles, sobre todo la Venus Capitolina (es una copia romana que se encuentra en los Museos Capitolinos, en Roma)

 

Me gusta el delicado desnudo, los pechos redondeados, etcétera, etcétera, pero lo que me excita, mayormente, es ese delicioso pudor que muestra al ser “sorprendida” en el baño. ¿Por qué se tapa la diosa? Su grado de pudor indica a la vez el valor que ella otorga a su cuerpo. Sabe que es hermosa y se resiste a ofrecer su belleza divina a los mortales, quiere resguardarse del mirón (hoy en día filas interminables de turistas). Yo, por mi parte, me ofrecería a chuparle los dedos de los pies. Ella era muy pudorosa y lasciva a la vez y eso me volvía loco. La echo un poco de menos, aunque nada hay que se pueda hacer ya.  

Pues estaba el otro día yo sumido en mis sueños podófilos con la deliciosísima diosa y tal y de repente me encuentro con esta mierda de anuncio de los horteras de Dolce & Gabbana. Una compañera me lo enseña: “¡Qué poco apropiado, qué poco acertado me parece este anuncio!” Quién iba a decirlo, sino ella, la progre entre las progres. “Yo lo veo una tontería, una manera fácil de llamar la atención. Pero por lo que estás diciendo ahora, en realidad no es poco acertado en absoluto, ¡sino todo lo contrario!”, le dije. Pues nada, ella continuó, cada vez más excitada, con que si las mujeres maltratadas y que no se puede frivolizar y que nosequé. Yo, la verdad, no entiendo qué puede tener que ver este grupo de aceitosos chulos de gimnasio con el tema de la violencia contra las mujeres, cosa que me repugna profundamente -como también el anuncio- pero no veo la relación entre una cosa y otra. Vale, la están cogiendo de las muñecas. ¿Y qué? He conocido a más de una a la que le gustaba que la cogieran de las muñecas y cosas mucho más obscenas y tal que no vienen al caso. Eso no significa nada.

Mariconada

En serio, no comprendo bien esa reacción histérica de las feministas amargadas de turno, a no ser que estén compinchadas con estos modernitos de palo, los diseñadores predilectos de futbolistas y actores porno. Es que se lo ponen en bandeja: seguro que la campaña ha sido un éxito rotundo. Todos los anuncios de estos tipos tratan de buscar la indignación de estos sectores, se retroalimentan, un poco como pasaba con los de Benetton. En ARCO he visto una foto de una tipa clavándole el tacón a un maromo en el pecho y nadie ha dicho nada. No condeno el feminismo totalmente, de hecho hay feministas lúcidas, razonables e interesantes, pero no es éste el caso, desde luego. A todas éstas, les recomiendo que crankeen sus consoladores up to eleven.

En fin, después de todo es divertido observar el grado de amojamamiento y de corrección política de buena parte de la sociedad actual. Hay una asociación para cada indignación posible. ¿Como será la cosa en Finlandia? Vean también en el chiringuito de Dildo.

Salvador Dalí entrevistado por Joaquín Soler Serrano

30 de Diciembre de 2006


Nunca me han gustado los cuadros de Dalí; siempre he pensado que palidecían puestos junto a su desbordante y genial personalidad. Pero el descubrimiento de esta entrevista ha hecho que me interese mucho más por él. No tardará en caer “La vida secreta de Salvador Dalí”.

La entrevista es puro amor excéntrico. Son ocho partes, todas están, por supuesto, en Youtube(¡Bendito sea Youtube mientras dure!)