Esos malditos Melvins

26 de Octubre de 2007

Manda huevos, que diría Trillo; me he pasado literalmente el día maldiciéndolo todo. Sí, vale, no es esa una forma demasiado inteligente de aprovecharlo; soy totalmente consciente de lo estéril de mis injurias. Pero a veces siento que necesito ese enfrentamiento tanto como respirar. Es mi manera idiota de (re)afirmarme (por la negación) y de sentir que todavía no me he diluido en un océano de sangre, pus y heces. Ah, necesito ponerme más metas, joder, joder, joder…

Melvins y la cabra

Mientras lo destruía todo (ilusoriamente, por supuesto), las canciones de los grandiosos Melvins sonaban en mi cabeza. Ah, muy apropiado: los Melvins, esa sublime banda de ceporros y vándalos (la predilecta de Kurt Cobain; este detalle es ya imposible omitirlo) y a pesar de ello, no demasiado conocida, sobre todo fuera de los USA. Y es que me encanta, me encanta cuando encuentro algo tan tenazmente, sublimemente, irreductiblemente idiota… No sé si me explico, pero para mí este océano de hachazos salvajes, este monumento de sonido espeso como el lodo (por algo se les considera sludge metal) constituye una respuesta adecuada tanto a la dictadura del “buen gusto” como a la de esa mediocridad opresiva y autosatisfecha.

Creo que una de las razones de que me resulten tan atractivos es el hecho de que apenas existe otra ambición en ellos que alcanzar la máxima pesadez posible, un sonido poderoso y brutal capaz de poseer tu cuerpo desde el pelo (quizá yo debiera decir “los pelos”) hasta las uñas de los pies. Los Melvins son un grupo tan “estúpido” como Motörhead, como los Ramones o como Black Sabbath. Ponlos a todo volumen, y tu caja torácica será sacudida como si tuvieras un martillo neumático en tus manos. ¡¡Byba Satán!!11! Cuernecitos y collares de pinchos opcionales, pero aviso de que esto no es heavy metal al uso.


Melvins - Honey Bucket

Más tarde, cuando estaba discutiendo con un carpintero acerca de timos telefónicos, mi pobre abuela ha tenido un pequeño percance. No ha sido nada serio pero se ha asustado. He ido a su casa para ayudarla, la he tranquilizado y después me he quedado escuchándola durante dos horas larguitas. De fondo, en un bucle infinito, la famosa patada del bobonazi escoriahumana en el tren. Se notaba que necesitaba hablar, aunque fuera de cosas mil veces contadas ya. La situación me ha sumido en una profundísima tristeza que todavía dura mientras escribo esto. Cuando pienso en el día en que ya no este aquí –es cosa rara que lo haga, pues tiene más energía que yo a sus casi noventa tacos- se me bañan los ojos en lágrimas. Lo que está meridianamente claro es que ella ya no quiere estar, que se siente triste, y aunque siempre trato de quitarle hierro a ese asunto -¿qué otra cosa puedo hacer?- la comprendo muy bien. Aunque, en fin, todos sabemos cuál es la meta final, no es preciso insistir en ello más de lo necesario. Si acaso para echarle un poco más de huevos a las cosas.

Y volviendo a las metas, un choto de pro como yo se ha enamorado de una orejoncita. Ah, mierda, me trae loco esa chica con su aspecto de rockera pantanosa y aguerrida (con un puntito dulce y orientalizado). Cada vez que la veo tengo que reportarme, como solían decir algunos personajes de Bruguera. Así que por ahí voy, buscando estratagemas para llamar su atención, como un adolescente cualquiera…

Hago carazas en el espejo y los Melvins vuelven a atronar en mi estéreo, y no he podido evitar pensar que son mucho más inteligentes de lo que parece en una primera escucha. Sus hachazos son impredecibles; además no van siempre directos a la caja torácica, de vez en cuando hacen saltar algún reloj en mil pedazos por el camino. Su música te cura la gonorrea de un hachazo, se te caen los huevos y te los sirven con patatas de guarnición. Así son de buenos…. Recomiendo: Gluey Porch Treatments, Bullhead, Lysol y Houdini.


Melvins - Hooch

Hail King Buzzo!

 

EDIT: Me acabo de dar cuenta de que me los perdí en el Primavera Sound de este año. Tocaban el jueves…¡¡Mecagüen la puta!!

Yo… soy… Tetsuo

22 de Abril de 2007

"El acto surrealista más puro consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y disparar al azar"

André Breton, Segundo Manifiesto Surrealista, 1930.

Una mezcla de repulsión y fascinación me sacuden el organismo estos días, con la noticia de la matanza de Virginia Tech; me he quedado hipnotizado al ver las fotos de este überpajero coreano con un martillo (esa en concreto, como ya se ha visto en los medios, recuerda a una escena de la delirante Oldboy) o con la pipa en la sien, apuntando a la cámara, etcétera.

 

El motivo por el que Cho Seung-hui decidió coger la Glock y liarse a tiros con todo lo que se moviera es espinoso y complicado, sobre todo para muchos intereses creados. Así que, mucho me temo, no se va a profundizar en el meollo del caso; no se hizo cuando ocurrió lo de Columbine y no se hará ahora. Por tanto, aunque sea lamentable, no creo que sea muy arriesgado decir que volverá a repetirse, aunque también es cierto que la violencia se da a escala global y que vivimos en una especie de barbarie generalizada. ¿Tan extraño es que ocurra esto?

Cuando iba al instituto, Cho era blanco de burlas por su nacionalidad, por su inglés defectuoso y por su extraña manera de hablar. En Asia él y su familia sufrían penalidades económicas, así que se trasladaron a Estados Unidos para intentar mejorar su situación. Probablemente ya se habría formado en su Corea del Sur natal gran parte del pajerismo terminal que le caracterizaba. Pero tener que ver todos los días los Mercedes con llantas de 19 pulgadas por el campus, las sonrisas perfectas de los atletas, y todas las chicas torciendo el morro ante su presencia, acabó por crear una amarga y letal pelotita de celos, odio y resentimiento.

Después de todo eso no he podido evitar pensar en cuántas veces he deseado machacar a los cabronazos que me jodían la existencia en el colegio. Nunca he recibido palizas ni ningún daño físico importante, a diferencia de otros, pero fue bastante coñazo tener que soportar durante varios años, día sí día también, el acoso de esos subnormales. Recuerdo esa angustia en el estómago constante, mirar por todos los lados en el camino de vuelta a casa, o esconderme por los rincones del edificio para que no me vieran. Y a pesar de que después toda esta tensión se relajó (odiaba todavía más el instituto, pero tenía que sobreponerme o dejarme hundir del todo), la verdad es que algo de toda esa basura acaba quedando. Se quedan neurosis, inseguridades… bah.

 

Supongo que, en parte por lo asiático, me ha venido a la cabeza el personaje de Tetsuo Shima, el mutante de Akira. Esta es una de las películas que mayor impresión me ha causado, pese a que la reconozco bastante fallida (el manga es mejor narrativamente hablando; por lo menos se puede seguir). Pero nunca, nunca olvidaré la primera vez que la vi; tendría siete u ocho años y no sabía qué es lo que me iba a encontrar. No entendí absolutamente nada del argumento, pero esas imágenes hiperviolentas e hipercinéticas se me quedaron grabadas para siempre. La volví a ver cosa de once o doce años después y volví a quedar fascinado. La animación, mucho más fluida que la media japonesa, seguía siendo increíble (y lo sigue siendo ahora) a pesar de los avances técnicos desde que se realizó. La banda sonora, a cargo del colectivo Geinoh Yamashirogumi, es gloriosa y potencia la sugestión de la imagen hasta extremos épicos.

Cho se da un aire a Tetsuo, que es el pringado del grupo de motoristas, el canijo del que todos se ríen. Hasta que viene todo el rollo de los poderes psíquicos y destruye todo lo que encuentra a su paso: tanques, edificios, toda la ciudad de Neo-Tokio. Tetsuo es infinitamente más cool que Cho, de eso no cabe la menor duda. Además, por si fuera poco, se transforma en un monstruo-bebé de órganos extraños y cables que crece y crece hasta ser absorbido por una energía superior (Akira) en un demencial final apocalíptico. No, no hay ni punto de comparación. Cho es un producto patético, pero real, de una sociedad profundamente enferma e hipócrita (que nos empeñamos en copiar en todos sus peores aspectos); y Tetsuo es producto de la imaginación del gran Katsuhiro Otomo.

Me quedo con Tetsuo, pero de lejos. ¡Kaneeeedaaa!

Queridísimos verdugos

18 de Febrero de 2007

Basilio Martín Patino es un outsider del cine español. Desplazado del foco de atención y poco amigo de apariciones públicas, ha realizado su cine libremente, al margen de presiones y coacciones por parte de productores, censores y demás parásitos. En varias ocasiones tuvo que recurrir a la clandestinidad para realizar sus películas, o como él dice: "esperar a que muriesen ellos. Jamás volvería a pasar por la humillación de presentar una película mía a la censura. Las películas sobreviven a los dictadores”. Es comprensible que se sintiera humillado al escuchar perlas como estas de las bocas de los amos del tijeretazo: "En la escena en que aparece un tren echando humo, que pase el tren, pero que no eche humo, porque ensucia el paisaje ya de por sí feo de Castilla". (?) En suma, Patino es un personaje a descubrir. Yo estoy en ello.

No me he recuperado todavía del visionado de Queridísimos verdugos (rodada en 1973 y estrenada en 1977). Las imágenes de la película me han sumido en un shock profundo y me tienen obsesionado. El espectáculo que ofrece es insoportablemente real, una pesadilla de cinéma-vérité que ni la imaginación más retorcida superaría. Ahí están los tres verdugos oficiales del régimen franquista, los que se llaman a sí mismos eufemísticamente “ejecutores de sentencias”: Antonio López Sierra, Vicente Copete y Bernardo Sánchez Bascuñana. Hablan de su profesión ante la cámara –no sé cómo se las arregló Patino, pero se deja entrever que hubo algún tipo de gratificación- y lo hacen mientras se toman tranquilamente unos finitos en un típico y tópico mesón. Al fondo se ven unas tinajas pintadas con toros, la bandera española y un mensaje que dice: “El Mesón de Los Castúos agradece su visita. Nuestra casa es la sulla. Sea bien venido a ella.” Hablan con pasmosa naturalidad, como si lo suyo fuera pintar casas o recoger cebollas. “Hay que hacerlo para poder comer, porque la vida está cada vez más peor”, sentencia Antonio.

Bernardo Sánchez, el decano del “colegio de abogados”, como señala irónicamente Vicente, es quizá el más inquietante de los tres. Un andaluz que recita sus ripios y pareados ante los otros dos analfabetos y parece presumir de ser algo más instruido. “¡Tenemos un poeta!" La realidad es que, a pesar que el niño Bernardo quería estudiar, su padre siempre trató de disuadirle. ¿Cómo? Moliéndole a palos cada vez que le veía con un libro, por supuesto. Se escapó de su casa a los doce años. No es necesario extenderse en detalles biográficos, digamos simplemente que nunca le sonrió la fortuna. “La vida es un valle de lágrimas” repite todo el tiempo, como lo haría un Miguel de Mañara. Su terrible mirada -llena de asco y amargura, como no he visto jamás- ya lo dice todo. He visto algunos relatos en Internet que cuentan que Bernardo era una figura solitaria, que se paseaba siempre con su sombrero y un abrigo largo, hiciera frío o calor. Y era solitaria porque su condición de verdugo no resultaba nada favorable a la hora de entablar relaciones con los demás: a pesar de sus exquisitos modales y sus esfuerzos (invitando a todo el mundo a copas) no lo conseguía. La gente rechazaba la invitación y se esfumaba disimuladamente. No querían tener nada que ver con él. “Ahí va el verdugo” decían los lugareños con una mueca de desprecio, al ver aparecer su sombrero bajo el sol de las Alpujarras.

Lo realmente espeluznante es darse cuenta de que los verdugos son a su vez víctimas: víctimas de la necesidad y de una sociedad que los ha excluido y marginado. Gente que se ha visto obligada, sumidos en la desesperación y mordidos por el hambre, a hacer el trabajo sucio del aparato de “Justicia”. La gran mayoría de veces, ellos están hechos de la misma pasta que el reo. Foucault ya hablaba, por la misma época, del matiz de clase que subyace en la idea de Justicia que manejamos, y en esta película se puede comprobar con una claridad aplastante. Aunque también hay casos como el de Jarabo,  un famoso psicópata con un perfil bastante distinto a la mayoría. Su robusto cuello supuso un duro obstáculo para el pequeño Antonio, que, borracho perdido, estuvo horas luchando con la manivela. “La muerte fue espantosa”, cuenta un testigo.  



Particularmente horrible también es el testimonio del médico psiquiatra José Velasco Escassi, describiendo con detalle la ejecución de Monchito, un retrasado mental. Monchito trabajaba en un taller mecánico y quería casarse con su novia, pero no tenía dinero para hacerlo. Así que se le ocurrió asaltar a una anciana en su casa. Lamentablemente, al ser descubierto, arremetió contra ella y la asesinó. La descripción que el pobre hombre hace de la ejecución del “pobre infantiloide”, a punto de romperse, corta el aliento. Monchito dice, sin oponer ninguna resistencia frente a todos aquellos que le llevan al patíbulo: “Mañana estaré jugando a los bolos con los angelitos”. No hubo clemencia. El doctor concluye: “Nunca se me olvidará la sensación de conducir el patíbulo a un hombre inerte. Como hombre libre, me sentí sucio, manchado. Todos éramos los verdugos; el único puro, limpio, era el reo”.

En otra ocasión, cuando Antonio López hubo de llevar a cabo la ejecución de la famosa envenenadora de Valencia en la cárcel La Modelo (en 1957) no sabía que se trataba de una mujer. Al ver su rostro, se puso muy nervioso, tuvieron que inyectarle tranquilizantes y llevarle a rastras hasta el lugar donde había de cometerse el crimen oficial. Esta penosa escena fue la que inspiró la película de Berlanga, -y del grandísimo Azcona, tengo que decirlo- que supone otra mirada distinta acerca del mismo tema, bajo un prisma algo más humorístico, aunque –cómo no- negro negrísimo. Pero esta ya es mucho más conocida por todos.

Antonio López pasó sus últimos días mendigando, en la miseria más absoluta. Se había quedado sin trabajo. Rechazó los tres millones que le ofrecieron por una entrevista. Puedo imaginarlo recogiendo leche y fruta para los niños de la familia que le dio techo, como un fantasma de otro tiempo, con un peso descomunal sobre sus espaldas. Nada menos que veintiocho cuellos rotos, convertidos “en un acordeón” o en el “badajo de una campana”. Era, sin duda, un peso demasiado grande para un hombre tan pequeño. Vean este artículo para más detalle.

Y la película, por supuesto, pero ya les digo que es fuerte. Yo tuve que ponerme Sabrina para atenuar un poco el cebollazo…

No consigo meter el vídeo directamente aquí, pero en este enlace está la película completa en streaming. 

La leyenda dorada

14 de Enero 2007

Los santos… ¡Qué almas tan apasionadas! Leo una selección de La leyenda dorada, publicada en Alianza (la versión completa es muy cara, y además son demasiados santos). Es un libro de un dominico italiano del siglo XIII llamado Santiago de la Vorágine, que colecciona milagros y curiosidades acerca de estos personajes tan disparatados. Fue un libro bastante popular y sirvió como fuente iconográfica para muchos artistas, por ejemplo Giotto. El deseo de conectar con el alma del pueblo, a la que no se podía apabullar con disquisiciones teológicas ni ritos iniciáticos, hace que el libro se centre en la anécdota y en el chisme. En todas las historias, los santos son como kamikazes, por lo menos. Tomemos como ejemplo la historia de Santa Lucía:

La madre de Lucía, Eutiquia, sufre de hemorragias. Cuando ambas van a visitar el sepulcro de Santa Águeda, ésta cura los males de Eutiquia. Así que Lucía decide que todo el dinero que le corresponde como dote para su inminente casamiento, debe ser donado sin dilación a los pobres. “No vuelvas a hablarme de matrimonio”, dice Lucía a su madre. El pobre novio no comprende nada, y loco de ira, va a denunciarla al cónsul Pascasio.

Cuando Lucía se encuentra ante el cónsul, como de costumbre, lo desespera con sus soflamas: “Los corruptores de la mente sois vosotros, que tratáis de que las almas deserten del servicio que deben prestar a su creador”. “Cuantos viven limpiamente son templos del divino Espíritu”. Pascasio, irritado, dice: “Haré que te lleven a un lupanar, serás violada y dejarás de ser templo de ese Espíritu divino.” Entonces Lucía responde aquello de que si la mente no consiente, el cuerpo no queda mancillado.

Pero toda hagiografía parece incompleta sin un pasaje que contemple el suplicio. En este momento la santa, envalentonada por el Espíritu divino, suplica que la violen, la despedacen y la estrangulen y lo que haga falta. Pero nadie puede moverla de su sitio; sus pies permanecen fijados al suelo. “¡Qué clase de encantamiento es este que ni con mil hombres ni mil parejas de bueyes puedo mover a esta meretriz!” Pascasio ordena que la ahoguen con orines –parece que este líquido tenía la virtud de deshacer encantamientos; para los seguidores de Txumari Alfaro y su inefable programa, ahí va otra aplicación posible para la agüita amarilla- pero nanay, la santa no se mueve. Podemos imaginar al bueno de Pascasio, adoptando poco a poco el semblante del Coyote, sudando la gota gorda mientras comprueba que ni prendiéndole fuego hay manera de matarla.

Martirio de San Felipe, José de Ribera

Finalmente, uno de sus esbirros, aterrorizado por el crispado semblante de su jefe, le atraviesa la garganta a la santa con su espada. Pascasio sonríe por fin, pero Lucía todavía tiene tiempo para anunciar la paz que ha sido concedida a la Iglesia. En ese momento, prenden a Pascasio, porque se han enterado de que es un perillán que se dedica a saquear la provincia, y es condenado a muerte: triste final para Pascasio, que muere de la forma más indigna, mientras la santa permanece viva a pesar de que han improvisado una brocheta con ella. En el momento de expirar, unos sacerdotes que pasaban por allí se han encargado de administrarle el sacramento, y de pronunciar el sempiterno “Amén” a coro. Es el año 310 de la era de Nuestro Señor, siendo emperadores Constantino y Majencio.

Santa Lucía es la patrona de la vista, como se encargó de recordarme mi abuela bien a menudo cuando me pusieron las primeras gafas, pero en esta versión no aparece nada que tenga que ver con ello. Recordemos que en la representación habitual de Santa Lucía, aparece con un plato en la mano, que contiene sus ojos arrancados. Supongo que la Iglesia consideró necesario renovar su imagen y hacerla un poco más gruesome para conectar con las masas. No sé. La verdad es que de los Evangelios a las estampitas hay un largo camino, y poco a poco se observa como el cristianismo, sobre todo en los países católicos, va perdiendo su carácter místico para convertirse en una cosa populachera, histérica y de mal rollo. Algunos grandes artistas lo recuperan en sus obras, mientras otros se pierden en ese horterismo de plañideras. Nada que ver con el estoicismo de Marco Aurelio, o con la meditación de los monjes orientales. Aunque reconozco que algunos excesos, sobre todo los de los místicos y algunos santos, me fascinan. Escuchemos lo que dice Angela de Foligno: “Contemplo, en el abismo en que me veo caída, la sobreabundancia de mis iniquidades, busco inútilmente cómo descubrirlos y mostrarlos al mundo, quisiera ir desnuda por las ciudades y las plazas, con pedazos de carne y pescado colgados de mi cuello, y gritar: ¡aquí tenéis a la criatura más vil!”. He aquí un temperamento fuerte y alejado de la tibieza. ¡Así quiero yo a mis compañeras de cama!

Todas las historias son más o menos parecidas. Santa Margarita también desea morir por Cristo, y mientras los secuaces del romano de turno la golpean con varas y con garfios, proclama la salvación de su alma por la destrucción del cuerpo. El romano no puede seguir contemplando el espectáculo y ordena que la devuelvan a la cárcel. Allí la santa pide al de arriba que le muestre cuál es el enemigo, y surge un enorme dragón que desaparece en cuanto Margarita hace el signo de la cruz. En este momento Santiago de la Vorágine dice, de manera un tanto sorprendente: “En algún libro se lee una versión un poco diferente en relación con este episodio del dragón: en tal libro se dice que el dragón, al surgir ante Margarita, hizo un movimiento rapidísimo, sujetó con su boca la cabeza de la joven; con su larguísima lengua envolvióle los pies, tiro de ellos hacia sus fauces, formó con el cuerpo de la santa un ovillo y lo engulló; pero Margarita, al pasar por la garganta de la infernal bestia, se santiguó; mientras se santiguaba llegó al estómago del dragón y, en cuanto llegó, el horrible monstruo reventó y ella salió incólume de las entrañas de aquel bicho descomunal. Yo opino que esto de que el dragón llegara a tragarla, que reventara, parece poco serio; probablemente se trata de una invención; en consecuencia, no debe ser creído el relato que hace el aludido libro acerca de este episodio”.

Santa Margarita y el dragón

Es muy curioso que considere esa historia inverosímil, después de todo lo que nos ha contado. Pero lo que más me fascina de todo esto, al final, ni siquiera son las historias de los santos, sino el hecho de que toda esta gente se las creía. Si el autor no alertara de su dudosa veracidad, la gente se tragaría lo del dragón sin ningún problema. No interponían ningún tipo de filtro entre realidad y ficción. Lo que para nosotros son historias disparatadas, para ellos era la historia. Como el niño que mira debajo de la cama porque cree que hay monstruos, esta gente vivía con gárgolas, dragones y milagros de todo tipo fundiéndose sin esfuerzo con lo cotidiano.

Sí, eso es lo que realmente envidio: su capacidad para fundir la realidad con la ficción, o mejor dicho: su incapacidad para separarlas. Recordemos: “La realidad, en el fondo de la noche, no es más material que el sueño luminoso…”  

Wasted again

3 de Enero 2007

Bueno, parece que ya estoy al fin recuperado de mi absurdo desfase de Nochevieja. Todavía estoy encontrándome pupas y hematomas por todo el cuerpo, resultado de las hostias que me pegué contra el suelo. A mis amigos les pareció muy divertido, claro, pero pensándolo ahora en frío no lo es tanto, porque podría haberme partido perfectamente la cara contra el pavimento… de hecho me duele la mandíbula aún del golpe. En fin, al menos nadie lo ha grabado en vídeo para subirlo al Youtube.

Una noche aburrida (por lo menos durante la parte que recuerdo), una proporción de féminas por metro cuadrado paupérrima, y para remate, ese nauseabundo tóxico -y misteriosamente legal- con el que se envenena el cerebro de las personas, conocido popularmente como garrafón. No quiero ni saber el destrozo que habrá causado esa basura en mi sesera. Dos simples cubatas -añadido a unas cuantas copas de más calidad que me administré durante la cena y de las que no debería haber pasado- se bastaron para provocarme un cebollazo antológico.

El resultado, una resaca de mal rollo increíble, depresión, etcétera. Me tragué entera una puta película de cuatro horas (más anuncios) con Patrick Swayze como protagonista. En serio, no puedo entender que haya gente que se deje meter ese veneno cada fin de semana. Porque eso es lo que es: un veneno y nada más. Mira que había conseguido mantenerme bien alejado de él durante mucho tiempo, pero como un gilipollas he vuelto a caer en la trampa. El garrafón está hecho para cenutrios y tunantes sin gusto alguno y que quieran autodestruirse rápidamente, pero no es ese mi caso, carambolas.

Aunque lo que me deprime aún más es comprobar el uso que mucha gente a mi alrededor hace de las drogas: consumo compulsivo, irresponsable, obtuso, reiterado y subnormal. Alcohol, cocaína, y drogas sintéticas ganan por goleada, por supuesto. ¿Cuáles iban a ser, si no?

Pero nada, como siempre, la prohibición lo soluciona todo y aquí no se droga nadie. Papá Estado, líbranos de todo mal, ¡amén!

Ah, bueno, feliz año y todas esas mierdas.

La espiral del amor

29 de Diciembre de 2006

Siempre lo digo henchido de orgullo: me encantan los tebeos. Con ellos aprendí a leer, a dibujar cosas en tres dimensiones, y, lo que es más, con ellos aprendí a disfrutar de la lectura (cosa que en la escuela trataron de evitar a toda costa). Y es que, amigos míos, la lectura no puede ser una obligación de ninguna de las maneras, como pretenden los Ministerios de Cultura. Puedo admitir que haya textos que requieran que el lector ponga un poquito de su parte. Los hay, y de hecho muchas veces el esfuerzo invertido da sus frutos. Pero no comprendo demasiado bien a aquellos que se empeñan en escalar el Ulises de Joyce –por poner un ejemplo- sucumbiendo de aburrimiento, como si al llegar al final de sus páginas fueran a convertirse en un ser nuevo y mejor.

Pero, a ver: uno vive buena parte de su adolescencia engañado, pensando que cuando meta la polla en un coño va a producirse en él una experiencia trascendental que cambiará su vida para siempre. No es así; timidez, nervios, ansias… la primera vez suele ser bastante poquita cosa. Entonces, ¿cómo va a cambiarte la vida una lectura a lo misionero, sin mirar a los ojos, sin besitos, cachetes ni guarrindonguerías varias? Fóllate ese libro, joder, fóllalo por todas las partes, haz que se te peguen las hojas, arráncaselas si hace falta. Para mí, si la lectura no se realiza como devoción, carece del menor sentido. Como dice Daniel Pennac: "la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer” 

Bueno, pues el último tebeo que he leído es Uzumaki, editado por Planeta deAgostini. El precio no está mal, teniendo en cuenta lo caros que suelen ser los malditos (4’95 euros el volumen, un total de seis), aunque la calidad de la reproducción es bastante normalita. Bueno, pues esta locura es una razón más para ahondar en mi niponofilia. ¿Qué tiene de especial? No sé, pero lo que sí tiene, para empezar, es una premisa de lo más simple y divertida: un pueblo se halla dominado por las espirales y sus misteriosas manifestaciones. Eso le basta al autor, un odontólogo retirado que responde al nombre de Junji Ito, para desatar sus fantasías repletas de deformaciones inverosímiles, humor negro y estupendas colegialas. Deformaciones: +5 puntos. Colegialas: +1000 puntos. ¿Hace falta que siga?

 ¡+5000 puntos!

Ah, la historia tiene un inconfundible influjo lovecraftiano: +2000 puntos. Siempre he sido bastante fan de Lovecraft y de sus terrores innombrables y de dimensiones remotas. Mi afición por su obra, que derivó hacia otras lecturas así como raras, no viene precisamente por un “Plan de Fomento de la Lectura”, sino, curiosamente, de los siempre denostados videojuegos. Aunque ahora es un género que ha decaído bastante, allá por los años 90 las aventuras gráficas gozaban de un gran seguimiento, y no sólo las gloriosas maravillas de Lucasarts. Recuerdo tres que tenían una notable influencia del legado del escritor de Providence:


Alone in the Dark

Alone in the Dark

Antecedente directo del famoso Resident Evil y de todos los survival horror, muy antiguo ya y con unos polígonos que ahora dan un poco de risa. Había un libro en una estantería que no podía leerse, bajo amenaza de game over. El libro era De Vermiis Mysteriis, de un tal Ludvig Prinn. Un amigo y yo, como dos pardillos, lo buscamos por todas las bibliotecas, por supuesto en vano. No era más que un ficticio libro maldito, al estilo del Necronomicón del árabe loco Abdul-Alhazred, que aparece en las obras de Lovie.
 

Shadow of the Comet

Shadow of the Comet

A este apenas llegué a jugar, pero tenía bastante buena pinta.

 
Daughter of Serpents

Daughter of Serpents

Un juego muy raro, y bastante corto, pero la historieta era interesante, con Djinnis, confabulaciones estelares, misteriosos pergaminos y la Alejandría de los años 20 como escenario. Tenía un “algo” que ha hecho que perdure en mi memoria, a pesar de sus defectos.

Deben haber muchísimos más juegos inspirados en Crafty, pero estos son los únicos que he jugado. El Shadow of the Comet nunca llegué a completarlo, los otros dos sí. Quizás algún día, aunque no lo creo.

Bueno, tengo hambre y voy a ir a por algo a la nevera, así que resumo: Lee novelas, ensayos, tebeos, juega a videojuegos, fóllatelos, haz lo que quieras, pero por favor, no leas el Código Da Vinci. Es una puta frígida con el coño seco como una mojama. Se abre, sí, claro, se te abre bien fácil, pero no te dará ni pizca de amor. Sin embargo, Howard Love - craft, él, mi viejo amigo, nunca te defraudará, porque lleva el amor en su nombre, y sabe siempre cómo dártelo porque tiene el craft.

Y todos buscamos amor en este mundo, ¿o no?

Sade y sus cosas

27 de Diciembre de 2006

Leo La philosophie dans le boudoir (La filosofía en el tocador) del Marqués de Sade. Es un drama pedagógico subvertido, donde una jovencita de piel blanca y fresca es "encauzada" por parte de unos libertinos. Sumamente interesante por su exploración valiente y controvertida del lado oscuro de la fuerza. Sigue siendo muy fuerte, sigue siendo incómodo, pese a que se supone que vivimos en una época de liberación sexual (que en realidad quiere decir, y eso mucho mejor lo expone Houellebecq, que el sexo ha entrado en la dinámica del mercado)

Exponer a cualquier individuo que se considere a sí mismo "liberal", en cuanto a sexo se refiere, las tesis de este libro –no defenderlas ni recomendarlas, simplemente exponerlas- es casi siempre comprobar lo estúpido que es el término “liberal”. Detesto profundamente ese término y todo lo que oculta o pretende ocultar, esto es, ante todo: conformismo, comodonismo, papanatismo, incluso mojigatismo, amén de otras muchas cosas en las que prefiero no entrar ahora.

Esta obra no es ni más ni menos que un producto de la Ilustración, de la explosión racionalista de Diderot, Rousseau, Voltaire y compañía.  Aquí se trata de liberar a la razón de muros y cortapisas, que sea la luz que alumbre el camino al desarrollo de nuestros más bajos instintos reprimidos bajo la mesa camilla judeocristiana (contra la que Sade se ensaña de manera particularmente insistente) Así, este teatrillo de perversiones, violencia, parafilias e inmoralidad, resulta de poner la razón en primer plano, pero para romper su himen inmediatamente después; no por nada se produjo su reivindicación por parte de los surrealistas.

Cuando tenía 12 o 13 años y mis hormonas estaban empezando a salirse de madre, me encontré un día con Justine entre mis manos. Naturalmente, mi curiosidad me impulsó a leerlo. Estaba plagado, como todos sus libros, de escenas pornográficas; las imágenes que allí se describían me inflamaron y tuve una erección inmediata. Por aquel entonces, a las chicas de mi clase comenzaban a crecerles los pechos y yo me sentía totalmente dominado por el deseo, que se crecía con la imposibilidad de obtener su objeto… era consciente de que nunca los vería desnudos ni los tendría entre mis manos; todavía quedaban unos cuantos años para que hacerlo fuera normal. Esta tensión acabó produciendo en mí un ansia descomunal de poseerlas. Por la noche se me aparecían imágenes increíblemente obscenas, de erotismo delirante y violento. Quizá si hubiera tenido una educación religiosa la culpa me habría abrumado. Por suerte, no fue el caso y en un quítame allá esas pajas todo quedaba solucionado. Como dice el protagonista de una de los novelas de Houellebecq -no importa cuál porque en todas es el mismo- “cuando los hombres escupimos el chorrito nos quedamos muy tranquilos”.

 Pedro Machuca, Virgen del Sufragio

El momento del orgasmo es imposible de racionalizar. Es un instante de muerte, la mente se vacía por completo, el homo sapiens queda convertido en un objeto presa de estertores animales. ¿Qué no es uno capaz de hacer entonces? Si ese breve bocado de muerte se alargara indefinidamente, ¿qué es lo que ocurriría? En este momento, me viene a la cabeza la imagen de una humanidad poseída por un orgasmo continuado, copulando y asesinándose mutuamente para alimentar su lujuria; un Apocalipsis sádico. Nada podría asegurarnos su imposibilidad.

Pero pese a ese período de fantasías violentas y al aburrimiento que me produce el sexo convencional, nunca me ha gustado hacer daño, o por lo menos sin la aprobación del otro. Las fantasías que aparecen en los libros de Sade pueden ser sugestivas pero nunca las pondría en práctica, porque violan el espacio ajeno. Desentenderse del dolor que el otro sufre para aumentar el propio placer se parece demasiado al ejercicio del poder. Esto que digo queda perfectamente representado en la que es, por lo que a mí respecta, la experiencia cinematográfica más traumática que jamás se haya parido: por supuesto, me refiero a Saló o los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini. Ninguna película muestra el horror de forma tan cruda y directa. Olvídense de cosas como Flower of Flesh and Blood, Holocausto Caníbal o Braindead. Esta alegoría fílmica de la brutalidad del poder, si es que son capaces de verla entera, permanecerá en sus mentes mucho más vivamente que esas alegres e inofensivas gorefests.
 
En cualquier caso, haga lo que haga cada uno con su vida, ahí están las obras de Sade, para quien quiera abrir por unos momentos la puerta que lleva hacia ese monstruo que la cultura occidental, cobarde e hipócrita, rara vez se ha atrevido a mirar cara a cara. ¡Yo te saludo, Divino Marqués!

¿Ubi sunt?

13 de Diciembre de 2006

Cada visita a casa de mi abuela es una vuelta atrás en el tiempo. Algo así como la magdalena de Proust, pero normalmente con pucheros y platos de caliente de por medio. Mi abuela no puede concebir que la gente no coma de caliente todos los días, y no digamos en invierno. Siempre que viene a comer a casa en Navidad rechaza airadamente todo atisbo de sofisticación en la comida, y termina sorbiendo fideos con una cuchara en un plato desbordante de caldo. Mientras, todos los demás comen (comemos) gambas y hablan de política. Yo odio los platos de caliente. Cuando iba al colegio comía siempre en casa de mi abuela, y cada vez que me sentaba a la mesa y volvía a tener delante el plato humeante con los fideos, torcía el morro. ¡Qué manía con eso de comer de caliente! ¡Y el pan! “Si no comes pan, no has comido”. “El pan es sagrado. Si se te cae al suelo, hay que besarlo”. Eso sí, si se caen dos docenas de gambas, no pasa nada. Cosas del hambre pasada.

Es un mundo de tapetes de hule, figuritas de porcelana, y muebles-mamotreto –sí, igualitos que los del Ikea-, provistos de vidrieras con decoraciones de flores. A través de ellas puede verse una barroquísima disposición de San Pancracios, retratos, servilleteros, más santos, e incluso un pato de cristal de Murano que le trajeron mis padres hace muchos años y que desentona bastante en el conjunto. Puro vintage, pero español. Me cuesta pensar que ese mundo desaparecerá algún día.

Un rato de conversación con ella y uno podría pensar que se encuentra en pleno siglo XVII. Palabras que podrían salir de la boca de Miguel de Mañara, un extraño personaje de la Sevilla de la época -cuya leyenda se confunde con la de Don Juan Tenorio- que pasó de follador empedernido, como El Pescaílla, a arrepentirse de sus pecados babilónicos, para acabar así fundando el Hospital de la Caridad de Sevilla. En él permaneció hasta su muerte, lavando pústulas y cuidando leprosos. Si pasan por allí, les recomiendo la visita; pero no hagan como yo, en pleno verano y a las cuatro de la tarde. Lean lo que decía este señor (si quieren):


La alegría de la huerta; o los"Guinea Pig" del Siglo de Oro

 
"Mira una bóveda: entra en ella con la consideración, y ponte a mirar a tus padres o a tu mujer (si la has perdido) o los amigos que conocías: mira qué silencio. No se oye ruido; sólo el roer de las carcomas y gusanos tan solamente se percibe. Y el estruendo de pajes y lacayos ¿dónde están? Acá se queda todo: repara las alhajas del palacio de los muertos, algunas telarañas son. ¿Y la mitra y la corona? También acá la dejaron. Repara hermano mío que esto sin duda ha de pasar, y toda tu compostura ha de ser deshecha en huesos áridos, horribles y espantosos; tanto que la persona que hoy juzgas más te quiere, sea tu mujer, tu hijo, o tu marido, al instante que espires, se ha de asombrar de verte, y a quien hacías compañía, has de servir de asombro".

Bueno, el caso es que estaba viendo con ella las noticias, y he visto la cosa esta de la brigada Diógenes, formada por unos operarios del Ayuntamiento de Madrid, y que toma su nombre del dichoso síndrome. Por lo visto, en un año han sacado hasta 100.000 kilos de basura. 100.000 kilos de residuos acompañando la soledad de los ancianos en la gran metrópoli, sea en Salamanca o en Lavapiés. Mi abuela ha comentado “Pues sí que son guarros”. Y no me he atrevido a explicarle que el motivo de esa conducta patológica es el mismo que a ella le mantiene en el abatimiento: la soledad. Aunque vayamos a visitarla cada día, y yo la siga adorando como merece, en sus ojos se puede ver la tristeza de la persona que se siente apartada, excluida, marginada.

Y es que los viejos parece que cada vez son más un estorbo. Una época como la nuestra, absolutamente obsesionada con la edad y la juventud eterna, no puede ver a los viejos sino como una fastidiosa muestra de la ruina que espera a nuestro cuerpo. Como decía Abraham J. Simpson a su familia: “¿Por qué huís de mí? ¿Acaso mi arrugado rostro os recuerda el horrible espectro de la muerte?” Aunque muchas veces nos inspiren ternura, eso también es una verdad como un templo.

Por las noches, uno puede imaginar miles de ubi sunt surgiendo de bocas aún vivas, resonando huecos entre aparadores, vitrinas, retratos, San Pancracios y tapetes de hule. Y quizá en el fondo, un reloj de pared marcando el ritmo, monótono, krautrock, fundiéndose con una letanía arrastrada por las ruinas del tiempo.